TRES VIEJOS MAESTROS

Allí estaban los tres. Plateadas sus cabezas por la nieve de los calendarios. Dignos. Graves. Toreros. Con esa torería interior que imprime en la apostura, en el gesto, en el donaire, el tiempo intensa y largamente conquistado al peligro y a los toros. Allí estaban los tres. Con el poso de la experiencia tatuando sus rostros y miradas, agudas, vivaces, a pesar de los años. Más pálida la tez de Limeño; más grabadas de sol y campo las de Marismeño –que lleva el color de la marisma fundido en su epidermis– y José Luis Parada, cetrino, aceitunado, con un toque de luna diluida sobre el cromatismo de su morenez.

Allí estaban los tres, como en una difícil e insólita conjunción planetaria, compartiendo un “ruedo” muy particular: el patio central de la sede del Círculo de Labradores, de Sevilla. Limeño, para recibir un cálido y sentido homenaje; Marismeño y Parada para arropar y acompañar en el agasajo al antiguo rival y ahora amigo y compañero de nostalgias y rememoraciones.

Todo fue muy emotivo en esta soleada mañana de domingo hispalense. Cuando Limeño expresó su público agradecimiento por la presencia de sus dos colegas, se le quebró la voz ante el esfuerzo de contener la emoción que sentía. Fue un agradecimiento salido de las mismas entrañas, lleno de autenticidad y divorciado de cualquier protocolo. Verlos a ambos allí, desplazado uno desde la sierra, otro desde la desembocadura del Guadalquivir, tuvo que ser para el veterano maestro una especie de bálsamo vivificante que viniera a paliar los muchos roces, piques, desencuentros, celos profesionales e incomprensiones mutuas, que habían jalonado sus respectivas historias de alamares; máxime cuando, por paisanaje, se habían visto obligados a compartir tiempo y espacio con los antagonismos enconados de sus respectivas banderías locales y el aguijón de la pugna por sobresalir –¡bendita competencia!– que les azuzaba cada vez que se ponían delante del toro.

A mí me conmovió verlos de nuevo juntos, fundidos en abrazos y palabras de reconocimiento. Porque, como ya he señalado, nunca fue fácil reunir a los tres matadores. Ni siquiera en los ruedos, pues solamente una vez en todas sus carreras coincidieron vestidos de luces en el portón de un patio de cuadrillas. Tuvo que ser –¿dónde si no?– en Sanlúcar de Barrameda, su tierra natal, un domingo de exaltación al río Guadalquivir –24 de agosto de 1975–, que se convirtió en frenesí de rivalidad local. Me imagino a los tres con cuarenta años menos, liados en sus capotes de paseo y sintiendo en la boca del estómago el pellizco de salir a por todas, mientras una voz interior exclamaba pensando en los adversarios: “Veréis la que os voy a dar!”.

Fue una tarde triunfal en la que cada torero dio argumentos a sus partidarios para seguir manteniendo firme sus convicciones. Limeño, sobreponiéndose al volteretón que le propinó el viento, más que su primer toro, para terminar la tarde llevándose en su esportón un botín de tres orejas; Marismeño, haciendo crujir los oles con un capote lleno de cascabeles y una temeridad impropia en él, pero fruto de una raza de torero que no admite perder la pelea, aunque ello le llevase a arrollar la razón cambiando una oreja por una espeluznante cogida que pudo tener consecuencias dramáticas, y Parada –el menos favorecido en el sorteo de los magníficos toros de Manuel Álvarez–, dejando el aroma de su clase en un ramillete de naturales, dando el pecho en el cite, de escalofriante ajuste.

Fue una tarde triunfal, donde tras el arrastre del cuarto astado, la plaza en pie vitoreó la vuelta al ruedo de “sus” tres toreros junto al ganadero de Los Barrios. Tarde de “guerra”, donde ganó el toreo, de igual modo que en esta mañana soleada de domingo, ganó la amistad y la categoría humana de tres hombres –tres viejos maestros– fundidos en la emoción de un homenaje.

Ante los tres, yo me quito el sombrero.

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