ALEJANDRO ESCOBAR COMO PRETEXTO

Hace pocos días, pasé de mañana por la plaza de toros de Sanlúcar de Barrameda. Como es habitual, en su ruedo estaban entrenando matadores de toros, novilleros y banderilleros. De estos últimos, me fijo en uno, enjuto, fibroso, ágil, que maneja con destreza el capote de brega haciéndose un toro con un novillero sin caballos de Valencia, llamado Cristian. Cuando alcanzo a verle la cara, embozada bajo una de esas gorrillas al uso, me encuentro con el rostro de Alejandro Escobar.

Alejandro, que militó durante varias temporadas en las cuadrillas de Pepín Liria, de El Juli, de Ponce y ocasionalmente en otras como la de Antonio Ferrera, por esas incomprensibles piruetas del mundo de los toros, no es que actualmente vaya suelto, es que prácticamente no torea. Y uno, conociendo de sobra la profesionalidad, experiencia y buen hacer de Escobar, no puede dejar de sorprenderse ante este hecho, teniendo en cuenta la cantidad de gente mediocre que se viste de plata y anda colocada con unos o con otros.

No sé qué razones han condenado al buen torero sanluqueño a este inmerecido ostracismo, pero desde luego, la lidia y la brega con los toros nada tienen que ver en ello. Cierto es que con la reducción de festejos, las cosas se han puesto muy difíciles para los profesionales que militan en el segundo y tercer circuito; pero es que Alejandro es banderillero para figurar acuadrillado con cualquier torero de feria. Sinceramente, por más que lleve más de medio siglo a mis espaldas de toros y toreros, no puedo evitar sentirme perplejo por las cosas extrañas que ocurren en el toreo actual y lo que hoy me toca aguantar en los ruedos. Por ejemplo, en el capítulo banderillero, ese insufrible coro de chillones, que desde el burladero no dejan de jalear con estridentes ¡biiiieeeen! y ¡ooooleeees!, cada uno de los pases de “su” matador venga o no a cuento; esa manera errática de bregar sin orden ni eficiencia, o la moda de anteponer el lucimiento garapullero a la eficacia debida a la lidia, buscando esas palmas o ese desmonteramiento que, en la mayoría de los casos, sólo sirve para que hagan el ridículo los que se destocan y el público que los premia. Hay que ver –si me callo, reviento– el del pasado viernes en Madrid, obligando a saludar a Curro Javier después de un par en el que reunió casi cayéndose y dejó un solo palo. Con esto no niego la acrisolada categoría de este buen rehiletero, pero ni obligado –que lo fue literalmente– tendría que haber accedido a quitarse la montera.

Lances como el citado proliferan a lo largo y ancho de toda la Piel de Toro, como la moda de desmonterarse a dúo, o de aplaudir pares –también lo he visto en este San Isidro– dejando un palo en el número y otro donde pudo caer.

La profesionalidad brilla por su ausencia en todos y cada uno de los aspectos de la lidia. Cada día, por ejemplo, vemos más corridas mal enlotadas, y en el capítulo de mozos de espada hemos llegado al colmo de la inepcia o la ignorancia, con casos como el de la última novillada de Sevilla –Clemente, Ginés Marín y Varea–, en la que, pese a hacer viento, no había ningún papelillo tirado en el ruedo para indicar a los espadas en qué zona podían torear más resguardado del molesto meteoro.

¿Por qué se valora tan poco el conocimiento y el buen hacer de los profesionales? Me imagino que por ahorrarse las “pelas” y, digámoslo claro, por una falta insoportable de torería, que hace que dé lo mismo el oro que el oropel. Lo cierto es que, mientras toreros como Alejandro Escobar –por desgracia, el suyo no es ni con mucho el único caso– están en el banquillo, invisibles en esa zona de sombras que es el olvido, otros sin mayores méritos que el servilismo y la disponibilidad multiuso, sudan las taleguillas muchas más tardes de las que merecen.

Como siempre, además de los que lo sufren en sus carnes, la principal damnificada es nuestra Fiesta.

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