JIMÉNEZ FORTES

Cuentan que a Ricardo Torres, Bombita, cuando se disponía a partir hacia la plaza, lo despedían los amigos no con el tradicional “Que haya suerte”, sino con un “Que sea leve”; frase que tomaba sentido por lo mucho que a Ricardo lo tropezaban los toros. Y no sólo por eso, sino por la circunstancia añadida de que raramente escapaba ileso cada vez que un astado le quitaba los pies del suelo.

Algo semejante puede decirse hoy de Saúl Jiménez Fortes, torero en el que se conjuga una mezcla de infortunio y suerte en un inquietante equilibrio inestable: infortunio, porque cada vez que lo cogen, lo hieren o lo lastiman; suerte, porque, como en el caso del percance del pasado jueves, por milímetros el pitón no acierta a cortarle las fuentes de la vida.

Desde que tomara la alternativa en Bilbao –el próximo 24 de agosto hará cuatro años–, le tengo contabilizados doce percances de variado pronóstico; amén de otros cuatro en su etapa de novillero con picadores. Durísimo castigo, cuyo testimonio tatúa en el cuerpo del torero un largo itinerario de puntos de sutura; mapa de cicatrices en cada una de las cuales tirita una historia de dolor, angustia, sufrimiento y, por encima de todo, superación.

Cuando el pasado día 14, esperaba la hora liado en su capote de paseo de acento picassiano y enfundado en la esperanza verde hoja de un terno sin alamares en la chaquetilla, parecido a aquellos que gustaba usar su madre –la entonces señorita torera Mari Fortes– allá por 1977, Saúl había cruzado el ruedo venteño cinco veces con galón de alternativa. De los cinco, los dos últimos, los dos del pasado año, acabaron llevándose al torero por la puerta de la enfermería. Dos percances, tres cornadas, las últimas de las cuales ocurrieron en la nefasta tarde del 20 de mayo, cuando la corrida se quedó sin toreros por causar baja los tres matadores: David Mora, Antonio Nazaré y el protagonista de nuestro relato.

Entre aquella sangre y este paseíllo, una visita más al “hule” con pronóstico menos grave en Santander. Entre aquella sangre y esta reciente herida, otras más profundas clavadas en el alma. Un solo paseíllo anunciado en Madrid, ninguno en Sevilla y el horizonte cuesta arriba de todo aquel que trata de hacer el machadiano “camino al andar” de forma independiente, marcaban en su mente las coordenadas del esfuerzo extra que se imponía, generoso, satisfacer cada tarde.

El paseíllo que, envuelto en su capote de guiño picassiano y enfundado en su traje verde hoja, vio Madrid era el cuarto de la actual temporada. En los tres anteriores había puntuado: oreja, que pudieron ser dos, en la fallera Valencia; oreja y la faena de la tarde en la Feria de San Jorge en Zaragoza y dos orejas en Ampuero para bendecir su particular 2 de mayo como antesala de su actuación madrileña. Y llegó Madrid. Y salió el toro y se encabritó el viento, y el torero, a desprecio de sus anteriores experiencias, indiferente ante la sangre derramada, enamorado de su causa y entregado y dispuesto a lograr el anhelado triunfo, se montó encima del toro y del viento. Y Madrid –tan cicatera a veces, tan injusta a veces– lo vio. Y se puso de su lado. Y le devolvió con sus aplausos, con sus oles, con sus pañuelos al viento, que demandaban y obtenían la oreja para él, lo que empresas, taurinos y otros especímenes de la fauna taurómaca, le habían negado: el reconocimiento sincero y emotivo a un torero valiente y cabal donde los haya.

Nunca antes había tenido tan cerca la Puerta Grande de Las Ventas. Y volvió a irse a portagayola sintiendo el calor efusivo de la plaza toda. Madrid estaba con él, y él estaba con él y con Madrid. Pero el momento de su salida a hombros madrileña no había puesto todavía su fecha en los anales. En el último tercio, llegó la voltereta, la horrible cornada, la angustia y el miedo en todos los corazones –tal vez no en el suyo– y la vuelta a salir por tercera vez consecutiva por la puerta de la enfermería venteña. Al milagro de doña Fortuna, unió el doctor García Padrós y su equipo el milagro de la cirugía y Fortes evoluciona favorablemente. A no tardar mucho –ya lo verán ustedes– el milagro correrá de nuevo a cargo del torero; ese milagro que en el toro se llama bravura y en el hombre de luces, valor. Ese milagro que lleva al noble bruto y al diestro a crecerse en el castigo y volver a pelear allí donde le hicieron derramar su sangre: el milagro –ni más ni menos– que, desde sus orígenes, sostiene el Toreo.

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