TIENE QUE CAMBIAR ALGO

Y pronto. Aquí mucho fomento, mucha “production”, mucha labia, mucho cuento, pero resulta que, para el empresariado actual, ese que ronea de fomentar la Fiesta y se queja de lo mucho que le cuesta “amarla”, tienen infinitamente más valor los toreros que “torean por las afueras”; esto es: los que son más conocidos por habitar la prensa del corazón y otros comadreos ajenos al toreo en sí, que aquellos en quienes todo el Sistema taurino debería tener puesto el ojo tanto por los méritos contraídos en el ruedo, como por las expectativas que suscitan.

Es indignante –o al menos a mí me indigna– que toreros como Rivera Ordóñez o Cayetano, que se fueron del toreo por la puerta chica y sin ningún ambiente, reaparezcan colocados en ferias de importancia sin el menor merecimiento, mientras otros que bien ganado tienen su derecho a aparecer en los carteles por habérselo “currado” ante las astas, padecen la angustia de verse postergados, olvidados, despreciados, excluidos de las cartelerías feriales, como si fueran simples “maletas” ayunos de cualidades.

No son pocos los casos que podríamos citar, pero me ceñiré a los nombres que han saltado como protagonistas en estos primeros días de mayo. Por ejemplo: José Garrido, que en su segunda corrida de toros se alzó triunfador incontestable del mano a mano con Borja Jiménez en la localidad onubense de Cortegana, no sólo por cortar cinco orejas, sino por la dimensión dada en su faena al toro de Victorino.

Se me podrá objetar que es un triunfo de pueblo sin repercusión alguna; pero tendrá que aceptárseme del mismo modo que, con la magnífica campaña del pasado año, salpicada de triunfos importantísimos en “pueblos” como Bilbao –con una actuación en solitario que pasará a los anales– o Sevilla –que le abrió su Puerta del Príncipe después de casi veinte años de no concedérselo a ningún novillero con caballos–, tampoco ha logrado entrar Garrido en Castellón ni en Valencia, donde hubiera podido doctorarse; ni después de su alternativa en Sevilla, pese a poner encima de la mesa la carta de su decisión y sus ganas de ser torero, aparece su nombre en ninguna de las ferias que han salido a la luz, excepto en la de Cáceres.

 No es, por desgracia, el único caso. Veremos de qué le vale la lección de hombría y vergüenza torera que dio López Simón en la corrida goyesca de Madrid. Cambiar una oreja por una cornada y quedarse herido en el ruedo para cortarle otra a su siguiente toro, siempre fue una hazaña y una forma de abrirse un crédito que permitiera al torero ponerse en circulación. Veremos qué ocurre. Anunciado está en San Isidro, como Morenito de Aranda, que abrió la Puerta Grande el mismo día, y esperemos que no se resbalen; porque para los diestros que van por libre, un desliz significa caer de nuevo en el pozo del olvido sin remisión posible.

Aunque el conflicto profesional que puede generarse entre empresarios y toreros es algo endémico y en cierto modo lógico, aquí hay algo, no obstante, que chirría. En términos mercantiles, el torero es un producto que el empresario tiene que vender al público para que éste lo conozca, se interese y vaya a verlo. Sin embargo, pareciera ahora que para el empresario actual, el torero emergente es un posible “enemigo” al que hay que cortar las alas antes de que eleve su cotización. No entiendo nada. Pero lo que sí sé –y me acordaba de ello mientras paladeaba el triunfo de José Tomás en Aguascalientes– es que hasta toreros de esa categoría –como La Estatua o El Juli–, tuvieron que emigrar de novilleros a México porque aquí tenían que pagar por torear. De eso hace ya veinte años, pero seguimos perseverando en nuestros errores. De ahí, la necesidad de cambio y en la dirección correcta: menos “marcas” y más contenido. Es lo único que nos puede salvar.

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