UN BUEN SAN ISIDRO 2015

Una gran faena de Sebastián Castella y el gran toro, de El Torero, al que se la hizo, han sido lo mejor de la Feria de San Isidro hasta el momento. Pero el resto de las tardes se han visto cosas importantes, toreros con entrega, valor y destreza, y un plantel del novilleros que concitan a la esperanza. Aunque en este capítulo debemos lamentar que los hayan enfrentado a verdaderas corridas de toros, lo cual dice muy poco del talante de veterinarios y presidentes de las corridas.

Lo mejor de esta feria está siendo el público, que generalmente se impone a la intransigencia de los “ayatolas” del purismo y el torismo. Y digo intransigencia, una conducta que nada tiene que ver con la exigencia. En ésta hay rigor y conocimiento, y en la intransigencia, mal genio y desconocimiento. Por fortuna, la opinión de la mayoría ha terminado prevaleciendo, incluso a contrapelo de los presidentes, quienes siempre parecen encontrarse más a gusto con la intemperancia inquisitorial.

Todo está previsto contra el torero en la plaza de Madrid. Primero, el toro, seleccionado por la dimensión de sus cuernos, lo impide muchas veces hacerlo por su familia y hechuras; segundo, el ruedo, con un desnivel cónico que condiciona el ritmo de las embestidas y las marca con irregular velocidad; y tercero, el reglamentarismo, que confunde la complejidad del toreo con el plano de un delineante.

Ver toros en Madrid resulta muchas veces exasperante, pero en esta feria son más las victorias de un público sensible y nada tonto que los castigos de los “torquemadas”.

Cuando termine la feria haré un balance pormenorizado de toda ella.

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