MORANTE Y TALAVANTE, APORTACIONES CREATIVAS

El saludo al cuarto toro de la tarde, a cargo de Morante de la Puebla, en la corrida de Daniel Ruíz que se celebró en la Feria de Alicante, fue un clarinazo estético de primera magnitud. Una larga afarolada, de pie, dos verónicas, varias chicuelinas y la serpetina gallista de Antonio Bienvenida. Y en su quite a ese toro, más. Chicuelinas a la antigua. ¿Cuánto tiempo hacía que la afición no veía ese lance? En mi caso, nunca. Lo conocía a través de alguna ilustración, tal vez de alguna foto, seguro que a través de un texto que lo describía.

Es soprendente cómo este diestro incorpora, actualiza suertes antíguas con el capote, y cómo inventa remates y otros nexos de unión de pases con la muleta. Además, su ejecución no es mimética, ortodoxa, sino que las recrea, las amoranta. Genial. Un acontecimiento estético de la tauromaquia que se amplía gracias a este diestro en el toreo moderno.

No menos fascinante es el nuevo tempo interpretativo que Alejandro Talavante está imponiendo al toreo de muleta. Incide en una descodificación de la faena de muleta. Ya no importa el diseño previsible del toreo ligado en redondo, que en sus manos es purísimo, sino la manera de enlazar las fases de dichas faenas mediante muletazos sorprendentes, nexos de unión inspiradísimos que enardecen el arranque o remate del toreo fundamental. Da muletazos que todavía no tienen nombre, y recupera otros para darles una nueva función taurómaca, como la arrucina o los cambios por la espalda para renovar el toreo ligado de uno a otro pitón.

Curiosamente, en esa corrida los acompañó El Juli, quizá el torero que más amplió el repertorio capotero a principios de este siglo, y que en la tarde de marras estuvo cumbre, pero bajo unas premisas estéticas más clásicas, si lo prefieren más previsibles, aunque eso sí, con mucho mando, a veces con gran regusto en el trazo y siempre amparado por un temple deslumbrante.

Es muy estimulante comprobar como la tauromaquia actual se enriquece, buscando a veces la referencia de suertes antíguas, decimonónicas, o bien inspiradas en las ricas aportaciones mexicanas de los años 30 y 40. Sería de desear que estas cosas no cayeran en el vacío, que la crítica y los aficionados supieran ver el avance de la tauromaquia en estos primeros años del siglo.

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