VALEN UN PERÚ

Eso se afirma de aquellas personas o cosas que se consideran muy valiosas. La frase se acuña por los tiempos en que España emprende la conquista del Perú, cuya riqueza y magnificencia deja asombrados a Pizarro, Almagro y sus huestes, y ahora yo pretendo aplicarla aquí a dos peruanos que se han embarcado en la tremenda epopeya de conquistar España con su arte taurómaco. Se llaman Andrés Roca Rey y Joaquín Galdós, ambos son limeños y, mientras el primero acaba de cumplir un año toreando con picadores, el otro no lo hará hasta agosto.

Pese a tal bisoñez, ya han librado batallas en la primera plaza del mundo –Las Ventas– y la pasada semana hacían paseíllo debutante en una de las de mayor solera e historia: la Real Maestranza de Sevilla.

Roca Rey lo hizo el jueves, día 4 –festividad del Corpus. Venía de abrir la Puerta Grande de Las Ventas y de ratificar su triunfo con otra meritoria actuación en San Isidro. Había expectación por verlo y a fe que no decepcionó. Con el lote más deslucido de una potable novillada de Villamarta, hizo valer las armas que atesora: firmeza, valor, afición y unas ganas inmensas de ser torero. Se quedó impávido cuantas veces su primer novillo se le paró en la bragueta y, encastillado en su valor, logró tirar de él para hacerlo embestir hasta donde no quería. También en su segundo derrochó valentía y claridad de ideas en un inicio de faena de rodillas, para, una vez de pie, construir una obra en la que, a la ligazón, ha de sumársele la virtud de querer alargar los muletazos lo más posible. En esta filosofía, sus pases de pecho –en los que otros buscan irse al rabo– emanan la voluntad  del diestro de hacerlos interminables, como si no quisiera que acabasen nunca. Manejó en ambos la espada con verdad y eficacia –cambiando el estoconazo a su segundo por un doloroso golpe en el escroto–, cortó dos orejas y fue sacado en hombros, dejándonos la impresión de que camina con paso firmísimo y decidido, primero hacia su alternativa de septiembre en Nimes, y luego hacia su meta soñada de convertirse en figura del toreo. Si tienen ocasión, vayan a verlo. Les va a encantar.

Joaquín Galdós cruzó el albero maestrante –liado, por cierto, en un capote de Juan Belmonte, cedido por el coleccionista Juan Barco–, el pasado domingo, día 7. También había ya debutado en Madrid, aunque con la mala fortuna de que un brutal volteretón lo dejara inconsciente y fuera de combate a las primeras de cambio, quedando inédito su quehacer, salvo en unas chicuelinas en el novillo anterior. En Sevilla, pese a dar la vuelta al ruedo en su primero y cortar la oreja del segundo –el mejor de la tarde–, no me convenció. Tanto es así que la frase del título a él aplicada debería llevar signos de interrogación. La inseguridad que mostró en puntuales pasajes de la lidia y la falta de acople en otros me llevaron a no reconocer a ese otro Galdós al que yo había visto manejar el capote con un temple exquisito y correr la mano con la muleta con tanta limpieza y precisión como dominio. No sé si le quedan secuelas anímicas del percance venteño, si ha perdido en parte el sitio que tenía o los nervios del debut obraron en su contra, pero debe mejorar ciertas cosas no sólo en la técnica, sino también en la disposición. Yo le otorgo el beneficio de la duda y en Madrid, el domingo próximo, en ese mano a mano interesantísimo que, con buen criterio, ha montado la Empresa, para resarcir a los dos muchachos –él y Martín Escudero– cuyos percances impidieron verlos torear, tiene la oportunidad de demostrar la valía que estoy seguro atesora. Entonces, volveremos a decir de ambos novilleros peruanos, y sin interrogantes, que… ¡valen un Perú!

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