VÉRTICES HUMANOS DE UNA TARDE TRIUNFAL

Abandonamos por un día Madrid, la dureza de Madrid, el toro de Madrid, el aborrascado público de Madrid, y nos vamos a tierras más amables en lo que al ámbito taurino se refiere. A una plaza más chiquita que Las Ventas, pero ochenta y cinco años más longeva; una plaza que nació al arte con la presencia torera de El Chiclanero y El Lavi; una plaza –la de Cáceres– que, 169 años después, se vestía de solidaridad para celebrar una corrida de toros a beneficio de la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer, donde la figura de Julián López, El Juli, refulgía como máximo protagonista y único espada, para lidiar y dar muerte a estoque seis toros de la vacada de Domingo Hernández y Garcigrande.

Clima bonancible, público afable, toro agradable y presidencia atenta, aportaron la atmósfera adecuada para que El Juli convirtiera la tarde en un cursillo ejemplar de toreo en seis clases magistrales. La síntesis más escueta de su memorable actuación –premiada justamente con siete orejas y un rabo simbólico– descansaría en tres pilares: la sobrada capacidad del diestro, su apabullante dominio del arte de torear y esa raza de torero de casta que transpira por su valentía cuando llega el momento de la dificultad o el alarde.

Sin embargo, en vez de hablar de lo que puede encontrarse en cualquier crónica, quisiera dedicarme a señalar algunos vértice secundarios, no por ello menos importantes, ubicados en esta tarde triunfal. Por ejemplo, el de que las corridas volvieran a la televisión pública, después de dos años de no hacerlo, añadiendo Cáceres a ese cuentagotas de corridas retransmitidas por TVE, cuyos antecedentes más próximos se sitúan en Mérida (2013) y Valladolid (2012), antes de un vacío de seis años.

Esta vez, por la ventana de la solidaridad, TVE introdujo en los hogares que quisieron abrirla toda la grandeza del toreo: la del torero –acompañado de sus cuadrillas– que se juega altruistamente su vida y su prestigio por una causa noble, la del público que lo arropó en todo momento y la de la ilusión asomada a los ojos brillantes y felices de esos niños que compartieron la postrera vuelta al ruedo con El Juli portando una preciosa pancarta, confeccionada y firmada por Sofía, Catalina, Stéfano y otros críos en los que la maldita enfermedad ha hecho presa, y donde podía leerse una frase conmovedora: “Torea al cáncer”.

Contemplando la mirada radiante de esos niños, a ver quién es capaz de sostener que el toreo es nocivo para su educación y formación humana. En su inocencia, seguro que comprenden mejor que nadie que el toreo es, sobre todo, una escuela de vida: para el hombre y para el toro. En sus sueños, ven en el toreo un ejemplo –“Torea al cáncer”– de superación y esfuerzo, un modelo de afrontar el riesgo y la muerte con gallardía y elegancia y el firme propósito de vencerla y no dejarse asustar por ella. Son valores morales, valores toreros, que estos niños maltratados por el infortunio comienzan a aprender a utilizar para plantarle cara al tremendo toro de su enfermedad.

Otro valor torero, radicalmente humano, es la perseverancia. También con ese vértice me topé en la corrida de Cáceres. Venía de rosa y oro en calidad de sobresaliente de espada. Perdió el tren en su momento y lleva años al acecho para montarse en marcha a la primera oportunidad. Hace dos años, sin apenas vestirse de luces, cuajó un toro de Ana Romero en El Puerto de Santa María haciéndole una faena que todavía paladeamos los aficionados. Pese a ser un torero de culto por su personalidad y concepto caro del toreo, nadie se atreve a echarle una mano, hasta el punto de verse obligado a recurrir a salir de sobresaliente para pisar una plaza. Y en estas, hasta tuvo que torear después de que el otro sobresaliente hubiese hecho su quite. No desaprovechó su oportunidad y dejó unas verónicas y una media que a los que seguimos creyendo en él nos llenó el paladar de nostalgias. ¡Qué pena de torero desaprovechado! Se llama Antonio Caro Gil y nunca conoció el gris de la mediocridad.

Solidaridad, torería, esfuerzo, sabiduría, nobleza, perseverancia y, como fondo, unos niños con sus pupilas inundadas de estrellas, capaces de vencer con sus sueños de vida la desgracia que les toca lidiar. He aquí algunos de los vértices humanos de una tarde de toros triunfal en la muy fraterna y desprendida ciudad de Cáceres.

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