ROCA REY, CON LA ESCOBA

Un dicho taurino, casi obsoleto en la actualidad, era el que se aplicaba a un torero nuevo, cuando irrumpía en la Fiesta encadenando triunfos de manera imparable y mostrando, a su vez, unas cualidades con horizonte de figura. De él se decía: “Ese viene con la escoba”. Porque “va a barrerlos a todos”.

Hoy, cuando estamos en una etapa que nos permite gozar de una baraja de novilleros ilusionante e interesantísima –aunque los empresarios no se enteren y parte del público, tampoco–, quien viene con la escoba es Andrés Roca Rey. No sé si los barrerá a todos; pero su ascensión es imparable y la depuración de su toreo junto a la rotundidad de su valor, se multiplican a cada corrida que mata.

El pasado domingo en Tarascón volvió a ratificar su éxito sanferminero cortando nada menos que seis orejas –mató un novillo extra por cogida de Lilian Ferrani–, para seguir avanzando sin desviarse un milímetro de la línea recta que le acerca a su meta. Camina por ella tan seguro como lo hace ante los toros y parece tener tan claro su objetivo como despejada su mente ante las reses.

La última vez que lo vi torear fue en Pamplona, el pasado 5 de julio, y en ella me confirmó virtudes que le había anotado en Sevilla el día de su debut un mes antes, superó otras y me mostró nuevas cualidades que no hicieron sino agigantar a mis ojos su dimensión.

Me confirmó que quiere, quiere y quiere. Sí… quiere ser torero grande. No deja pasar ni una ocasión de demostrarlo, sea en un quite, un alarde, un problema al que hay que superar. A nada rehúsa ni nada le aflige. También me confirmó su valor de veinticuatro quilates. No se le ve sufrir ante las reses. Sale de las volteretas con el ánimo inmaculado y no duda en meterse en la boca del lobo cuando las exigencias del triunfo lo requieren.

En Pamplona, al descoordinado genio y brusquedad de su primero, le opuso la serenidad, la relajada firmeza, la templanza y la suavidad necesarias para convertir el gañafón en embestida y hacerlo ir tras el engaño más aún de lo que le vi en La Maestranza. Y cuando llegó la hora del “arrimón” se dejó llegar la descompuesta aspereza del novillo a la frontera misma de los muslos sin que se le encogiera un alamar. Pero salió el segundo y, después de un recibo capotero de infarto que puso la plaza en pie, después de volver a ganarse la admiración del público en un inicio de faena en los medios con uno de los pases cambiados por la espalda más ajustado y limpio que recuerdo, vino la complicación. Todo lo que al novillo le sobraba de calidad, le faltaba de fuerza. Claudicaba al menor esfuerzo, se defendía aplomándose o acortando el viaje. No era, pues, el novillo más adecuado para un torero valiente y poderoso. Y es aquí donde el novillero limeño me sorprendería gratamente, demostrándome que, además de las cualidades ya apuntadas, posee muñecas de azúcar y un alma de algodón. Mimó al novillo con un temple exquisito; ese temple que le da fuerza al que no la tiene y lo hizo ir detrás de una muleta de terciopelo, refrescante en su brisa sosegada, irresistible, imantadora, amiga. Sólo al presidente, o al asesor de turno –que son los que mandan en la plaza de Pamplona–, no pareció calarle lo debido la faena, la estocada –estoconazo– y el conjunto de la tarde de este nuevo Rey de la novillería y le cerró la Puerta Grande. Peor para el palco. Porque el torero salió catapultado de su actuación. Y, como ya señalé anteriormente, a la semana toreó en Tarascón para decirle al mundo –se dejó dar varias volteretas después de tener en el esportón cuatro orejas, para sumar las seis que cortó– que la palabra “conformismo” ha sido eliminada de su diccionario. Éste viene con la escoba. Y como los toros lo respeten y siga así tras su doctorado en Nimes, le va doler la cabeza a más de uno… Y a más de dos.

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