AZPEITIA, EL IRREDUCTIBLE PUEBLO VASCO

Aquí no hay publicidad a ultranzas ni carteles de todos los colores. Sus 15 000 habitantes festejan a finales de julio a San Ignacio (Loiola es un barrio de Azpeitia) bajo un prisma descaradamente torista, el desembarco de los toros se hace en público y a la feria van en mayoría las gentes del lugar.

Edificada a los pies de un convento, la plaza fue inaugurada en 1903 y cada paseo es observado atentamente por las monjas en cofia a las que, al parecer, los toreros hacen un cheque antes de irse de la ciudad.

Otras particularidades: suena la música en el tercio de varas y en banderillas, el público canta a coro con la banda y a la muerte del tercer toro se oye una melodía en recuerdo a un banderillero muerto en este ruedo allá por 1850. Costumbres y tradiciones, aquí perdura la memoria. Ante una gente tan atenta, cada invitado toca la partitura lo mejor que puede.

Los Cuadris salieron con mucho peso y con un peligro latente hasta su último soplo. Paulita et Pérez Mota resultaron prendidos al estoquearlos y terminaron en el hospital. Los de Ana Romero finos y astifinos, con las hechuras características de Santa Coloma, resultaron correosos, con una sensación de peligro permanente en el ruedo. En cuanto a los Pedraza de Yeltes, descubiertos aquí hace dos años, depararon el juego que esperaban sus partidarios: con mucha caja (580 kilos de media), bravos –¿por qué privarnos de un segundo encuentro en varas?-, distintos de comportamiento pero nobles en conjunto, falló a veces el casting en los que vistieron de luces. Imaginémonos

el formidable cuarto toro con López Simón. Quizá habría vuelto al campo en vez de tropezarse con Castaño que estuvo muy por debajo, como suele ocurrirle últimamente.

En lo que se refiere a los hombres, destaquemos a López Simón, pese a marrar reiteradas veces ante el último toro, pero protagonista de dos faenas de categoría. También estuvo hecho un tio Sergio Serrano en su enfrentamiento con “Zapato” (un Cuadri de 675 kilos que metió los riñones en sus tres encuentros con el caballo). Ante este toro imponente y aunque toree poco, cuajó una buena faena rematada por cuatro manoletinas y una estocada fulminante. Las dos orejas que cayeron del palco simbolizan bien el espíritu de esta feria a parte donde los que los valientes y los que no son figuras pueden triunfar jugándosela y siendo sinceros.

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