CASTELLA EN EL PUERTO

Llevaba una temporada extraordinaria, puntuando en los ciclos más importantes del calendario taurino. En las Fallas, se llevó el premio a la mejor estocada, pero hizo una faena digna del mayor galardón; en la Feria de Abril, versificó el temple ante un toro de Parladé como nunca antes en La Maestranza; en San Isidro, maravilló a Las Ventas cuajando de pitón a rabo al alcurrucén “Jabatillo”, del que cortó las dos orejas que le abrieron la Puerta Grande, el premio a la mejor faena y el del triunfador del ciclo y la confirmación de estar habitando el apogeo de su carrera.

Su racha triunfal continuó en Pamplona, en Santander, en la Feria de Julio de Valencia y prácticamente, en todas las plazas donde actuó, así hasta llegar la víspera de esta corrida de El Puerto, cuajando en Illumbe un toro de Juan Pedro tanto con el capote como con la muleta, al que pasaportó de una gran estocada, en una actuación completa que, incomprensiblemente, el palco redujo cicateramente a una oreja.

Con esas sensaciones, se cambió de ropa y se dispuso a atravesar España para matar seis toros en El Puerto de Santa María a beneficio de la asociación Asedown, cuya misión es promover todo tipo de actividades y acciones buscando la plena integración social de las personas afectadas por el síndrome de Down. Era la primera vez que el diestro francés se encerraba en una plaza española con seis toros en solitario.

Los escogidos en esta ocasión pertenecían a los hierros de Fuente Ymbro, Núñez del Cuvillo y Santiago Domecq; pero el subsiguiente baile de corrales determinó que estos dos últimos fueran rechazados y sustituidos por un toro de Jandilla y otro –del mismo propietario– con el pial de Vegahermosa.

Menos mal que a Sebastián Castella, insistimos, le ha cogido esta corrida pletórico de afición, valor y con esa madurez que da el oficio, porque de lo contrario lo que se anunciaba como gesta podía haber acabado en debacle o tragedia, ya que sus oponentes no se lo pusieron nada fácil. Dos de ellos, el corrido en segundo lugar –de Fuente Ymbro– y el cuarto –de Vegahermosa–, fueron toros de “cama”; sobre todo éste último, que cogía moscas con el izquierdo y cambiaba el viaje por el derecho buscando hacer carne. Los dos estuvieron a punto de meter al torero en la enfermería, porque a su sentido se unió que Castella aguantó el tipo y arriesgó más de lo necesario pisándole a ambos el terreno de la cornada para sacarles tandas que fueron más meritorias que lucidas. El que abrió plaza fue un toro-burra de Jandilla, que le pegó tres coladas las tres veces que lo intentó por el derecho, y el tercero, un cuvillo que salió enterándose y acabó aplomadísimo, permitió en su nobleza que el torero sacara de su chistera el temple y el arrimón final para pasear la primera oreja del festejo.

Y salió el quinto, un jabonero sucio de 480 kilos y el hierro de Fuente Ymbro, llamado “Laborioso”, que a la postre sería el toro de la tarde. Fue el único burel al que Castella pudo torear con el capote y en el que hizo el único quite de la corrida, después de haberlo llevado al caballo con un galleo por chicuelinas que puso la plaza en pie. Más tarde, con la muleta, exhibiendo su firmeza característica –pues el toro probaba en ocasiones por el derecho y se metía por dentro por el otro pitón– logró componer una labor jaleada por el público, aunque sufrió una especie de parón ya que hubo un momento en que la música –con un maestro de banda cuyo insufrible afán de protagonismo le lleva a superarse en memeces que el público secunda– llegó a “comerse” la faena, hasta que, con el toro muy parado, logró remontar el torero para rubricar su labor con un estoconazo volcándose sobre el morrillo que le valió las dos orejas.

Para ponerle broche a la corrida, saltó al ruedo un toro paletón, feote, de Núñez del Cuvillo, que salió de naja en cuanto sintió el hierro, se dolió en banderillas y llegó a la muleta acometiendo con brío, a veces a oleadas y con ritmo cambiante en su embestida. Con él, consiguió Castella componer una faena que, esta vez, se comió a la música y en la que a las tandas con la derecha –aprovechando el mejor pitón del toro– se unieron otras meritorias con la izquierda que hicieron ir al burel por donde no quería, y en la que refulgió como piedra preciosa, tras un cambio de manos, el mejor natural de la tarde. Otro estoconazo y otras dos orejas que fueron a sus manos, antes de que el toro protagonizara una bella muerte y en los tendidos el júbilo hiciera palmas a compás.

Salida a hombros muy meritoria del torero de Beziers, que supo superar las dificultades de un encierro poco colaborador, con esa verdad que sólo poseen las auténticas figuras del toreo. Y así, de esta forma, se puso fin a la temporada de abono en El Puerto.

Comments are closed