COLABORACIONISMO ANTITAURINO

Como el tema de mi anterior artículo –véase en este mismo blog “La sangre innecesaria”, con comillas que alguien hizo desaparecer como por arte de magia– ha suscitado cierta polémica, insistiré en el mismo por cuanto hay quienes han tachado de “inmovilista” mi oposición a la propuesta de Enrique Romero de modificar el Reglamento para dar lugar a una tauromaquia menos cruenta y “evitar la sangre innecesaria”.

En el caso del toreo, inmovilismo vendría a suponer mantener la fiesta de los toros tal y como está ahora sin posibilidad de cambio alguno, lo cual, además de imposible –ya que toro, torero y toreo no han dejado de evolucionar desde sus inicios–, no parece aconsejable ni deseable desde ningún punto de vista. En cualquier caso, un posicionamiento semejante no iba a encontrar en mí la mínima defensa.

Ahora bien, hay cambios y cambios, y formas y formas de justificarlos. A mí me parece magnífico que se acometan aquellas reformas que ayuden a un mejor desarrollo de la lidia, a amenizar el espectáculo y a erradicar de ambos en la medida de lo posible todo lo que contribuya a mantener anacronismos desfasados. Así, si se tienen que cubrir las plazas y hacerlas más cómodas, que se cubran y se modernicen; si los caballos de picar han de salir por otra puerta a fin de agilizar el primer tercio, que lo hagan; si hay que cambiar algo para restituir el equilibrio en la suerte de varas, acometamos la cuestión; pero el meollo de la Fiesta, el alma de la corrida, eso… ¡ni tocarlo!

Los toros de lidia son toros de muerte y a la muerte van. Y lo hacen gallardos, altivos, llevando a gala su condición de bravos. No son sumisas víctimas que aceptan ser inmoladas en sacrificio, son guerreros que mueren vendiendo cara sus vidas. No hay más allá. Salvo la excepción del indulto –que debería estar reservada al excepcionalmente bravo–, el toro cumple su destino muriendo en la arena. A ella sale a morir, no a ver si salva la vida o no; no a si se “la gana” o se la deja “de ganar”. El rito del toreo así lo exige y es su mejor forma de generar vida; porque –ténganlo en cuenta– el sacrificio anual en la plaza de un 6% –como límite máximo– de la cabaña brava, da garantías de existencia al otro 94% restante que permanece en el campo. Díganme qué otra especie o raza mantiene su supervivencia con un coste tan reducido.

Otro asunto son los motivos. Si hay que cambiar la puya o las banderillas o lo que sea, hagámoslo; pero no para hacer “sufrir” menos al toro, pues nunca la tauromaquia se propuso como finalidad “hacer daño” al animal, aunque se le pique, banderillee y mate, sino porque mejore las reglas de la lidia y convenga a ese principio fundamental que rige el toreo de limitar la superioridad del hombre para que el toro tenga su chance.

Todo lo que se haga o se pretenda hacer asumiendo planteamientos antitaurinos –cuyo desconocimiento de la corrida es ya de por sí descalificante– y sensiblerías animalistas absolutamente ridículas; todo lo que tienda a pervertir el espíritu de la tauromaquia buscando la “comprensión” de taurófobos e indiferentes, además de un lamentable error, supone caer en el más puro colaboracionismo antitaurino, proceso que, como bien ilustra la historia, conlleva una claudicación paulatina de baja intensidad que nos acerca indefectiblemente al entreguismo final. Para colmo, el colaboracionismo, sea aquel que cooperaba con las fuerzas de ocupación enemigas o el que asume como suyas las tesis del enemigo antitaurino, desprende un inconfundible hedor a traición y como tal hay que tomarlo. Medítenlo aquellos que se propongan tomar por tal camino.

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