LA SANGRE INNECESARIA

Esto se acaba. Y no por los ataques de la ignorancia antitaurina ni por el fanatismo animalista. Se acaba, entre otras cosas, porque dentro de las propias filas de los amantes de la fiesta brava contamos con una serie de personajes que han perdido el Norte y la brújula de lo que ha sido y debe seguir siendo el toreo; gentes que plegadas a un hipotético imperativo de modernidad, abogan por un cambio en los fundamentos del espectáculo taurino; esto es: de la corrida de toros a la española, para adecuarla a la sensiblería de los tiempos que corren.

Uno de estos personajes es el director y presentador del programa “Toros para todos”, Enrique Romero, quien, además de haber convertido el campo bravo en un circo mediático donde la cotidianeidad ha de transformarse en una concatenación de sucesos extraordinarios o espectaculares para así ser mostrados a su audiencia –sin importarle para ello conceder a los animales atributos como la amistad, la solidaridad, la compasión, etc., que son exclusivamente humanos–, ha venido defendiendo por activa y por pasiva la tesis errónea de convertir el indulto del toro en lo más grande e importante del toreo, cuando lo realmente cumbre del arte de la lidia es matar al toro de un estoconazo en el hoyo de las agujas después de haberle realizado una faena capaz de conmover y emocionar a la plaza entera. Él, que en su programa hace pasar por extraordinario lo que sólo es cotidiano, quiere aquí convertir en habitual o frecuente lo que sólo debe ser excepción: el indulto.

Siempre he sospechado que, tras ese fervor por el pañuelo naranja, se escondía un cierto complejo vergonzante ante el hecho tremendo –la muerte siempre lo es– de matar al toro, aunque ello implicase el olvido de algo tan básico como esto: que el toro es de lidia y a la lidia va para morir en la plaza. Para eso se le cría y se le selecciona. Y no hay final mejor para él que el hecho de matarlo cara a cara dándole a él también la posibilidad de matar a su contrario.

Sin embargo, por si me quedaba alguna duda, éstas han desaparecido tras conocer ciertos pasajes de su reciente pregón de la feria taurina de Málaga. En ellos, abogó por la implantación de un nuevo reglamento donde se “reduzca el castigo del toro y que acabe con la sangre innecesaria.” ¿Sangre innecesaria?… ¿Cómo cuál? ¿Acaso cree el señor Romero que en la lidia de un toro existen aspectos de los que podía prescindirse sin alterar lo que es la corrida, que hay acciones cruentas gratuitas?… Él debería saber mejor que nadie que en el toreo todo tiene su sentido y no hay nada que no ejerza una función imprescindible. Sostener lo contrario es algo así como reconocer que el toreo tiene como finalidad el maltrato y sufrimiento del animal.

La Fiesta no necesita de innovaciones descafeinadas para armarla de argumentos éticos. Ya los tiene de sobra en su estado actual. Partiendo de la base de la superioridad de la inteligencia humana sobre la fuerza bruta, la ética del toreo exige al hombre someterse al dictado de las reglas que limitan su modo de actuar y comportarse para que su ventaja se acorte y el animal tenga su chance. Está prohibido, por ejemplo, recortar a los toros de salida –esto es: cortarles violentamente el viaje de su embestida–, para evitar que se lastimen o destronquen. Igualmente, no está permitido cegarlos con la capa provocando el choque contra la barrera ni tampoco hacerlos derrotar –cornear– en los burladeros, por el riesgo de que se despunten o se rompan un pitón. Y sobre todo, al torero le está vedado torear y matar al toro de cualquier forma. A medida que el toreo ha venido evolucionando, las exigencias de quietud, limpieza, armonía, despaciosidad –temple–, encadenamiento –ligazón– de los pases, se han acrecentado. En cuanto a la forma de realizar la estocada, ha de ser cara a cara, frente a frente. Y por arriba, nunca por un costado. Ni siquiera se admite –aunque a veces se haga para llevarse la repulsa del público– que el acero caiga bajo y no en lo alto de la cruz. El toro es un animal que va a morir combatiendo y al que, por ello, se le presta el respeto debido a lo largo y ancho de su vida –en el campo y en la plaza– y en su muerte. Para tener el derecho de torearlo y matarlo, el torero ha de asumir el riesgo de que, en el transcurso de la lidia, el toro pueda cogerlo, herirlo o matarlo a él también. Pero, por encima de todo, la ética del toreo es una ética de excelencia. Buscar la perfección de la obra por encima del peligro y las dificultades es su rasgo más definitivo. Y la sangre –necesaria– que vierten el toro y el torero es la moneda que paga su valor.

No lo olvide nunca el señor Romero.

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