MADRID, LA PRIMERA CORRIDA DEL VERANO : DESCUBRIMIENTO DE RUBEN PINAR

En la primera corrida de toros de la temporada estival madrileña, descubrí a Rubén Pinar. Por supuesto, le había visto antes, pero era otro torero. Fogoso, capaz, valiente, tenía a El Juli en la cabeza: una copia mal revelada, como todas. Hoy, Pinar es Pinar, un torero hecho, de buen trazo, que lleva a los toros muy toreados y con armonía. En su toreo hay cadencia y mando y provoca un ole instantáneo, no ese bieén cargante de los espectadores perspicaces, sino el ole impuesto con espontaneidad a todos los espectadores de la plaza. Se le vio con un toro bravo de los hermanos Gavira, y si lo mata bien hubiera cortado una o dos orejas. Y se le midió con un torancón -605 kilos- de Carriquiri, mansurrón, bronco, con mucho sentido, al que terminó domando. Espléndido. Por lo demás, Madrid sigue siendo una plataforma que relanza toreros. De haber matado mediante estocadas mejor colocadas, Rubén Pinar sería ya un fijo en la Feria de Otoño.

Quien sí cortó oreja fue Iván Vicente. La consiguió ante un toro de Gavira con una clase extraordinaria. La mereció, pero el toro era de dos. Me gustó más con su segundo oponente, un manso de Carriquiri al que trató con dulzura, y tras situarle en los terrenos de adentro, donde iba con son más templado, le cuajó muletazos muy lentos, muy buenos. Por su falló con la espada se cerró la Puerta Grande. Habría sido un premio sin apoteosis, aunque justo.

El tercer espada, David Galván, era la esperanza del cartel. Pero le correspondió un mal lote. El primero, por falto de raza, y el segundo -quizá el más bravo de la tarde-, porque se partió un pitón el chocar contra el estribo del picador y eso descompuso sus embestidas. A Galván se le vio voluntad pero no su toreo.

Los cuatro toros de Gavira tuvieron la impronta de una bravura depurada, el paladeo la clase y el regusto de las buenas hechuras. No sé por qué esta ganadería no está en todas las ferias.

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