SUMA Y SIGUE

Lo mismo da que sea en el dorado albero de La Maestranza, en el grisáceo palenque de Las Ventas, en el pardo ruedo de Pamplona o, ahora, en la negruzca arena de Bilbao: Roca Rey suma y sigue. Donde quiera que se anuncia, acude montado en el carro del triunfo y de él no se apea. Da igual el material que le salga por la puerta de chiqueros, porque es su norma estar por encima de las condiciones de sus oponentes y dejar en los públicos las ganas de volverlo a ver. Las virtudes que atesora –el valor, el temple, el hambre de triunfos, su inteligencia ante la cara de las reses– no hacen sino crecer, y el bagaje adquirido a medida que se va placeando le nimba de una madurez que realza sus perspectivas de futuro.

Bien que evidenció esto último el pasado domingo en el coso bilbaíno. En su primero, por su manera de resolver alguna que otra situación técnicamente comprometida en que lo puso el novillo; en el sexto, por su forma de querer enseñarlo a embestir con el capote, bregando sobre las piernas para llevar cosida en la bamba de su percal la embestida del utrero, marcándole el lugar por donde debía ir y alargándole el viaje en pos del engaño. Después vendría el escalofrío de las saltilleras del quite, que puso en pie a parte de la plaza, la angustia del pase cambiado por la espalda y la tanda subsiguiente, que volvieron a levantar del asiento al público de Vista Alegre, y una faena donde el buen gusto, la armonía, la suavidad templaria de su trazo, el sitio de la verdad pisado de continuo, las dosantinas enroscadas con su óvalo virtuoso en el arrimón final y el estoconazo al encuentro con que mandó a las mulas al de El Parralejo, pusieron el broche de oro a una actuación que le valió con todo merecimiento ser sacado en volandas por la Puerta Grande bilbaína.

A pesar de lo dicho, más meritoria fue su faena al novillo de Jandilla que lidió en primer lugar. Novillo más brusco, exigente y dificultoso al que, ni la alianza del viento, pudo ayudar a superar al torero. Volvió éste a mostrar ese valor suyo que funde sus zapatillas en la arena, realza y sustenta su quietud y despeja de dudas y nubes su mente, haciendo que todo su toreo fluya diáfano y fácil de la chistera de su sentimiento. Ni una indecisión ni una desconfianza ni la más mínima señal de sufrimiento o preocupación a unos centímetros de las astas. Los amagos, los parones, las miradas, todas esas acciones o declaración de intenciones que los toros exhiben para poner a prueba al torero, fueron superadas por el novillero limeño con la convicción y rotundidad que cautiva y convence a todos los públicos.

Toreros así, con esa frescura y esa sed de gloria que le hace venir pidiendo pelea, son los que me iluminan esta sufrida ilusión mía. Tengo ganas de cambio, de renovación, de que llegue uno con la escoba, como este Roca Rey, y barra lo mucho que sobra en el escalafón superior. Barrer y borrar debería ser su lema. La Fiesta está falta y necesitada de muchachos así, de toreros así. Estamos a veinticuatro fechas de su doctorado –lo toma en Nimes bajo el padrinazgo del incombustible Ponce y el testimonio de Juan Bautista–, pero antes aún le quedan compromisos en Collado Mediano, Cuéllar, Calasparra, Peralta, Villaseca de la Sagra, Albacete, Guadalajara, Salamanca y Dax; algunos de ellos de sumo interés, como el de Albacete –televisado el 9 de septiembre por Canal + toros– con Álvaro Lorenzo y Varea; el de Cuéllar, con Álvaro Lorenzo y Ginés Marín, o el de Calasparra, que torea con este último y Filiberto. Serán sus últimas piedras de toque antes de cambiar de categoría. Después le esperan Logroño y América. Y la temporada que viene, que se vayan apretando los machos los mandones, pues como éste siga tal cual va, dará mucho que hablar y más que arrimarse.

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