EL “INVENTO” DE LOS MANO A MANO

Leo los carteles de las tres ferias importantes que restan por celebrarse en plazas de primera categoría esta temporada y noto cómo mi pesimismo se acrecienta. Desde luego, echo muchísimo de menos aquellos taurinos y empresarios de la década de los sesenta: don Pedro Balañá, Domingo Dominguín, José Barceló, don Pablo Chopera, Alberto Alonso Belmonte, don José Camará, Diodoro Canorea, don Emilio Fernández, El Pipo, Eduardo San Nicolás, etc., etc., a ninguno de los cuales llegan estos de hoy ni a la altura del tobillo.

Pondría la mano en el fuego sosteniendo que a ninguno de los citados se les ocurriría recortar puestos en los carteles teniendo la Fiesta la imperiosa necesidad de dar cabida a una serie de toreros emergentes que se han ganado en el ruedo el derecho a figurar en dichas cartelerías y que no encuentran modo de meter la cabeza en ellas. Sin embargo, ahora, como si se hubiesen puesto de acuerdo, las tres empresas –la de Sevilla, la de Madrid y la de Zaragoza– deciden suprimir un puesto incluyendo en su cartelera el, al parecer, “imprescindible” mano a mano.

Para colmo, ninguno de ellos tiene el mínimo sentido. Los “mano a mano” se utilizaron tradicionalmente para solventar algún tipo de competencia entre los diestros actuantes. Tenía razón de ser que se anunciaran mano a mano a Joselito y Belmonte, que habían dividido a España entera en dos banderías, o a Lagartijo y Frascuelo, por la misma razón, o a Guerrita y El Espartero, pues personalizaban el enfrentamiento de las aficiones de Córdoba y Sevilla; o a Jaime Ostos y Bartolomé Jiménez Torres, que tenían prendida la mecha de la afición astigitana, como Montero y Pedrés en Albacete, o José Antonio Campuzano y Antonio Gardel, aquel año 1972, que coparon con sus triunfales actuaciones la temporada sevillana y fueron anunciados dos veces uno contra otro. Había rivalidad, había interés, apasionamiento, deseos en los aficionados de que su torero “bañase” al otro.

¿Existe algo de eso en los tres manos a mano que se anuncian? Veamos: el de Sevilla lo componen Manuel Escribano y López Simón; el de Madrid, Diego Urdiales y López Simón, y el de Zaragoza, Talavante y, de nuevo, López Simón, a cuyo apoderado debe parecerle de perlas afrontar los tres compromisos llevando un toro más en el lote. Que no se arrepienta.

El de la Feria de San Miguel no hay por dónde cogerlo. López Simón no torea en Sevilla desde hace dos temporadas y los “roces” profesionales que pudiera tener con Escribano son nulos. Cada uno sigue su carrera de manera independiente y no hay nada que dirimir entre ambos. Y lo mismo le ocurre con Diego Urdiales y con Alejandro Talavante. Son, por tanto, manos a mano descafeinados, de pega, de mentira, sin ningún argumento, que, por el contrario, lesionan los intereses de la Fiesta. Si la corrida de Sevilla se dejó sin anunciar para llenarla con los nombres de los que fueran haciendo méritos durante la temporada, está claro que Escribano y Simón han hecho merecimientos para figurar. Pero también José Garrido, que estuvo mejor que bien en su alternativa sevillana y abrió el año pasado la Puerta del Príncipe, o Javier Jiménez, después de una meritísima actuación orejeada en Las Ventas, merecían figurar en dicho cartel. Como mínimo, uno de ellos debió de entrar a formar parte de la terna, que era lo que convenía, no el mano a mano.

Lo de Madrid en la Feria de Otoño es casi peor, pues López Simón figura dos tardes y no tenía necesidad de ningún vis a vis. En todo caso, de haberlo, tendría que haber sido con Morenito de Aranda, por aquello de que ambos fueron triunfadores de la corrida del pasado 2 de mayo en Las Ventas; sin embargo, Morenito se ha quedado fuera de los carteles y otros de los que debían ocupar un puesto en el ciclo, como Javier Jiménez o Iván Vicente han sido desplazados al 12 de octubre.

No está la cosa para suprimir puestos en los carteles, sino todo lo contrario; claro que eso los taurinos actuales parecen no verlo. Y ahí siguen, con su miopía, restringiendo oportunidades o dándole corridas a diestros totalmente caducados, mientras que los que pueden mover un poco o un mucho el cotarro se quedan en casa viendo pasar las hojas del calendario. ¡Qué maravilla!

Comments are closed