ESPAÑA SIN TOROS NO ES ESPAÑA

Tengo una amiga italiana, paisana de Ovidio, que al enterarse de la decisión de la señora Carmena, alcaldesa de Madrid, de retirar la subvención a la escuela taurina de la Comunidad madrileña y prohibir el juego de reses en ella –dicho en plata: de firmar sibilinamente el acta de defunción de la misma–, se me quejaba desde su pesar como aficionada al toreo, diciéndome lo siguiente: “España sin toros no es España.

Siento admitir que mucho del cariño que le tengo a tu país depende también de los toros, y si los políticos quieren acabar con eso… no tendría más la misma ilusión hacia un país que se va homologando a modelos tan distintos y alejados de su peculiar cultura por el gusto de complacer a unos idiotas que no entienden nada de tradición ni cultura, justo porque son unos incultos. Lástima. Lástima.”

Vitaliana, que así se llama la chica, no ha podido dar más acertadamente en el meollo de esta cuestión; de este acoso y derribo a la fiesta brava, sorprendente en cualquier caso por la virulencia, encono y pertinacia con que se manifiestan las bandas con disfraz de partidos –mercenarias en su mayoría–, que lo llevan a cabo. Este meollo no es otro que la colonización cultural: la colonización que pretende alejar a España de sus patrones culturales para sustituirlos por otros foráneos, tales como la fiesta de Halloween, la figura de Papá Noel, la comida basura de los Burger y, como no, el culto a la mascotita, sea perrito, gatito u otras especies a la que utilizar como amoroso juguete de niños y mayores. Patrones todos homologados y bendecidos por la Globalización que nos gobierna y nos uniformiza.

Como los griegos pensaban de la Naturaleza, la cultura también siente horror vacui; esto es: horror al vacío, en el sentido de que el espacio que una deja es inmediatamente ocupado por la que viene a suplantarla. Y en esas están la beatería animalista y el ecologismo antiecológico que pretenden la abolición del toreo en nuestro país. Hasta les estorba el concepto de “diversidad cultural” tan bien utilizado por el capitalismo para disfrazar la desigualdad social. Bajo el estigma del “progreso”, o sea: el cambio que menosprecia y denigra todo lo que deja atrás para remplazarlo por algo nuevo, se arrogan el derecho de pretender aniquilar todo un universo de conceptos, símbolos, relaciones multidisciplinares, valores éticos, estéticos y ecológicos, cuya punta del iceberg es la corrida. Y lo hacen sin otros argumentos que una batería de insultos y descalificaciones, la osadía de la ignorancia –más del 99% de los abolicionistas no han pisado en su vida una plaza de toros ni han visto una corrida– y un modelo imaginario y pueril de mundo animal donde el zorro y la gallina se van al cine y la oveja se enamora del lobo. Sostienen que el hombre es igual que “el” animal –aunque haya evidencias categóricas de lo contrario–, se inventan unos “derechos de los animales” que no existen –por más que el hombre tenga sus obligaciones para con ellos– y desplazan al hombre del centro de “su” universo, negando el antropocentrismo.

Todo esto les lleva a incurrir en una serie de contradicciones que dan cuenta de su catadura intelectual. Sostienen que el hombre es igual a los demás animales, pero admiten que todos los animales puedan matar y el hombre no. Pretenden convertir al animal en sujeto de derecho y lo único que logran es convertirlos en privilegiados, pues privilegio es tener derechos sin deberes, ya que los animales deberes no tienen. Y niegan el antropocentrismo sin reparar que es el hombre –ellos son humanos, por más que muchos se digan simios– y sólo el hombre quien trata de desplazar al hombre del centro del universo, con lo cual sigue siendo el hombre el único que dicta las reglas del juego, aunque éstas pretendan ser otras.

No obstante, de nada sirve dar explicaciones y hacer razonamientos al que viene a cortarte la cabeza. Sería inútil, además de estúpido. Hemos de ser conscientes de que nuestra tolerancia, nuestra capacidad para convivir con sus ideas, por más que las consideremos erróneas y absurdas, no tienen reflejo en su fanatismo. No quieren coexistir, quieren aniquilarnos, barrernos de la faz de la Tierra, aunque se les haya dicho en multitud de ocasiones que con ello extinguirían también a ese toro de lidia que dicen defender y al que no pueden amar porque no lo conocen en absoluto.

El único camino que nos dejan es el de aniquilarlos a ellos –no físicamente, claro está–, dejando de limitarnos a defender lo nuestro y pasando a atacar lo suyo. ¿Cómo?… pues, poniendo de manifiesto la fragilidad de sus ideas, desenmascarando sus artimañas, poniendo en evidencia sus mentiras, denunciando el lobby económico que los financia y utiliza, señalando y “castigando” en las urnas a los políticos que les dan amparo en busca de votos y arrancándoles la máscara de “chicos buenos” que velan por el bien de los animales –sería interesante saber hasta dónde alcanza el carácter restrictivo de esa defensa, ¿a la rata? ¿a la tarántula? ¿al mosquito?– y se desentienden –al punto de no comprometerse en la misma medida– de los graves problemas que asolan a sus congéneres humanos.

Yo abogo por una España mejor, sin paro, sin desahucios, sin la tremenda desigualdad social que padecemos, sin golfos que evadan capitales y personas rebuscando comida en los contenedores de basura; una España limpia de corrupción y con una Sanidad y una Educación públicas sin recortes; una España de la que no tengan que emigrar sus investigadores y científicos, y en la que toda la vida del país no esté subordinada al pago de una deuda ilegítima. Quiero esa España, pero que sea una España con toros. España sin toros no es España. Y a mí me quitarían la vida.

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