¡¡FUERA DEL PALCO!!

La recién concluida Feria del Pilar nos deja, entre otras cosas, un serio motivo de reflexión y preocupación. No he visto nunca tanto torero defraudado por lo que, legítimamente, consideraban un atropello a sus méritos profesionales ni tanta injusticia e inepcia emanando de un palco presidencial como ha ocurrido en Zaragoza.

Cicatería con El Juli, y robo con alevosía a las personas de Juan José Padilla, Ginés Marín y Alejandro Talavante, que fueron víctimas de la intolerable actuación del palco. Y en todas las ocasiones, con el mismo desafuero: negar la segunda oreja de faenas, bien rematadas con la espada –lo que no quiere decir estocadas perfectas–, que habían logrado prender el entusiasmo en los tendidos y que tenían el doble premio ganado sin ningún tipo de objeciones.

No sé quién los habrá designado ni me importa, pero los dos presidentes implicados en los escándalos y sus respectivos asesores artísticos deben abandonar su puesto en el palco de presidencia para no volver nunca más. Son indignos de ocupar sus respectivos cargos y hasta de ser considerados “buenos aficionados”.

Aquí ya no sabe uno si el mal que padecen estos señores es que se creen “salvadores” de la pureza y el prestigio de la Fiesta o simplemente son antitaurinos emboscados, que se nos han colado para dinamitar con su parcialidad e ignorancia –por no hablar de malas tripas– todo lo que sepa y suene a triunfo grande. Porque con su arbitraria decisión, han tenido a los toreros cogidos en un cepo: por una parte, con esa extendida y absurda rigidez tan de moda en los reglamentos autonómicos, se exige cortar las dos orejas en un mismo astado para poder abrir la Puerta Grande, y por otra: los respectivos presidentes se niegan a concederla sin ningún fundamento, aparte del que les pueda proveer su mesianismo o mala digestión. Conclusión: la Puerta Grande no se abre, cuando tanto bien haría que lo hiciera en estos momentos.

Corro a explicarme para no dar lugar a ningún mal entendido. No milito en la bandería de los que creen que hay que “ayudar” al toreo como sea, dejando pasar la mano y vendiendo por oro lo que sólo son oropeles. Podrán ser bienintencionados, pero los que piensan así se equivocan y flaco favor le hacen al toreo. Me opongo rotundamente a eso, e incluso me inclino por extremar la exigencia en momentos como éste. Pero, cuando esas exigencias se satisfacen con creces, como en el caso de las faenas de Padilla al toraco de Zalduendo, de Ginés Marín al novillo –en absoluto merecedor de la vuelta al ruedo con que le regaló al paisano el presidente de turno– de Los Maños y de Talavante con el toro de Domingo Hernández, hay que echar las campanas al vuelo y congratularse como aficionados de poder premiar debidamente sus meritorias obras de arte, cada una dentro del concepto y sentimiento del respectivo artista.

Cuesta mucho conjugar en el ruedo la cuadratura planetaria de toro, torero, inspiración, acierto y emoción; cuesta mucho conseguir llegar con esa fuerza a los tendidos y entusiasmarlos, para que un desaprensivo metido a presidente, vaya usted a saber por qué motivo, lo desbarate todo con su arbitrariedad e incompetencia. Señores como los dos presidentes de Zaragoza y sus respectivos “consejeros” –y omito sus nombres para no alimentar sus ínfulas de protagonismo– no pueden ejercer más la presidencia o la correspondiente asesoría y menos aún en una plaza de primera categoría como es el coso de Pignatelli. Si de verdad les gustan los toros, que vayan al tendido o que se queden en casa, y si es lo suyo una incorregible inclinación por la cleptomanía que se pongan en manos de un psiquiatra; pero en el palco que no los dejen entrar. ¡¡¡Fuera del palco, todos, ya!!!

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