MADRID : NOMBRES DE OTOÑO 2015

Colofón de brillantes en la Feria de Otoño. Paco Ureña, el de la cara triste, el del cite asentado, el del toque suave, el de la verdad quieta, se rompió toreando. ¡Y qué difícil es ver un torero romperse con un toro! Como lo es ver una versión del natural tan pura, tan auténtica, tan entregada, tan salida de los pozos del alma, como la que nos regaló el torero lorquino en dos versiones: de frente a pies juntos y de frente cargando la suerte con el compás abierto, quebrada la cintura como un junco azotado por el viento. Faena sentida, emocionada y emocionante, muestra y ejemplo de lo que debe ser el toreo, lejos siempre de regates, zapatillazos y brusquedades. Lástima que se cerrara la Puerta Grande con el acero; pero nos dejó abierta la Puerta Grande del recuerdo, porque esta faena al último toro de Adolfo Martín fue algo memorable que se nos quedará durante mucho tiempo grabada en la memoria. En el pódium de la Feria de Otoño, Ureña, por su toreo de oro, de oro purísimo, aun sin cortar orejas, se ha encaramado al primer puesto de los triunfadores.

El segundo lugar ha sido para López Simón, que sí abrió la Puerta Grande para a continuación abrir la de la enfermería. No torea bien con el capote, no es variado con la muleta, pero tiene el secreto de la ligazón, de quedarse en ese sitio donde los toros no tienen más remedio que embestir, aunque a veces sea para cogerle, como le ocurrió en el primero de su mano a mano. Cornada dolorosa que no consiguió anular su hambre de triunfo ni impedirle seguir escribiendo su historia: primero, continuando en el ruedo hasta cortar la oreja del toro que le cogió; después, imponiendo su voluntad en la enfermería –doctor, soy mayor de edad y estoy en pleno uso de mis facultades mentales y voy a volver de nuevo al ruedo–, saliendo “bajo su responsabilidad y en contra de la opinión del equipo médico”, como rezaba el parte facultativo, a estoquear los dos toros que le quedaban en chiqueros. Cortó otra oreja –que debieron ser dos– al primero de ellos y nos dejó con la miel en los labios en el otro porque, mostrando el bovino mejor condición que sus hermanos, se partió una mano y no dio opción a poder practicar con él el toreo. Señalemos que, además de las cualidades antes apuntadas, López Simón se queda muy quieto, se pasa los toros muy cerca con mucha verdad y tiene ese algo diferencial que conecta rápido con el público y le obliga a entregarse a su entrega. Su paso por Madrid ha sido heroico, como heroica está siendo su campaña.

La segunda tarde no pudo acudir por razones obvias y su puesto lo ocupó su íntimo amigo Gonzalo Caballero, que supo aprovechar la oportunidad de la alternativa exprés a que se vio abocado y reivindicar un mejor trato por parte de las empresas. Su juventud sobresalió ante los veteranos que ejercieron de padrino y testigo y puso su nombre a la grandona y deslucida corrida de El Vellosino. Sobre todo en el de la ceremonia, al que hubiera cortado la oreja de haber manejado mejor los aceros. Se le vio dispuesto, sereno, confiado en sí mismo, muy por encima de las oleadas levantiscas del cinqueño de la ceremonia, al que toreó con verdad por los dos pitones a desprecio de los gañafones que le tiró a la cara y el parón que le pegó en la misma barriga sin conseguir alterar un ápice su quietud y apostura. Hubo emoción y verdad en su quehacer y el público se le entregó plenamente. A otro nivel que los anteriores, es el tercer destacado del ciclo.

Para cerrar el cuadro, anotemos el nombre de un novillero: Filiberto; que no dudó en salirse a los medios a plantarle cara al peligroso toro del viento; toro con mucho más que torear que los descastados, nobles y blandos novillos de El Torreón a los que hubo de enfrentarse. Disposición, ganas, un toreo no exento de buenas maneras y ese celo novillero que otras veces echamos en falta en los componentes del escalafón inferior, fueron sus armas. Vino a Madrid consciente de su responsabilidad y, aunque no redondeó su obra, dejó muy buen ambiente de cara a la próxima temporada. Habrá que seguirle los pasos.

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