Y DE LA LIBERTAD, ¿QUÉ SE HIZO?

Las tendencias están ahí, lustrosas, firmes, crecidas, amenazantes, dibujando el perfil de un futuro nada halagüeño. A los nuevos alcaldes y alcaldesas se les llenó la boca en su momento de melaza democrática asegurando que iban a gobernar para todos, que iban a ser los ediles de todos los ciudadanos que estuvieran bajo su jurisdicción.

No ha hecho falta más que algunos meses para poder comprobar que, o mentían, o no tienen memoria y han olvidado lo que prometieron, o presentan una forma muy curiosa de discriminar entre los que ellos consideran ciudadanos y los que no.

Si hace poco era la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, la que se desmentía a sí misma por boca de su concejala de Cultura asegurando que la Escuela Taurina madrileña iba a cesar en su actividad taurina, es ahora la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, la que se posiciona en la trinchera antitaurina prohibiendo la exhibición de un mural de gran tamaño con la figura de Morante de la Puebla con el torso desnudo reivindicando el arte del toreo y rindiendo homenaje a Salvador Dalí.

El mural había de ser expuesto en un edificio privado y en construcción del Paseo de Colón de la ciudad Condal, pero un comunicado del consistorio barcelonés denegaba tan posibilidad porque “Esta Gerencia no aprueba la creatividad presentada”, alegando que el Ayuntamiento de Barcelona ya se había manifestado contrario a las corridas de toros y favorable al derecho de los animales.

He aquí, en formato mural, la última muestra de la reaparición de la Censura. Censura traída de la mano de la tropa animalista, pseudoecologista y antitaurina y de esta progresía política de carne con papas a la que los anteriores tiene cogida por los pactos y no sé si por alguna cosa inconfesable más. Censura que sirve para poner límites a su tan cacareado antifranquismo, pues la utilizan contra la fiesta de los toros con tanto empeño y fruición que bien pueden vanagloriarse de ser los herederos directos de aquellos inflexibles censores de la Dictadura.

Esta altanería devastadora de las nuevas ediles tiende a subordinar lo real a su albedrío y a ignorar aquello si se opone a sus creencias y a lo que demanda su voluntad. Creen que pueden hacer lo que les venga en gana, y aunque su deseo fuese hacer el mayor bien, el mero hecho de hacerlo bajo esa creencia, ya las convertiría en perversas. A tenor de esto, afirmaba Ortega y Gasset: “Sólo es estimable la preocupación por lo que debe ser cuando se ha agotado el respeto por lo que es.” ¿Y qué es la fiesta de los toros?... Desde una perspectiva pragmática, y sin meternos en su tuétano artístico y cultural, es una actividad absolutamente legal, reconocida en todo el territorio nacional y prohibida, luego, unilateralmente en Cataluña dando lugar a un contencioso pendiente aún de la resolución del Tribunal Constitucional.

Ada Colau es una luchadora posicionada al lado de los marginados, los desahuciados y las víctimas de la rapiña financiera, a la que, por ello, siempre he respetado profundamente; pero, ¡oh decepción!, llega el momento de tocar el ámbito taurino y ahí se posiciona contra el hombre esgrimiendo unos derechos de los animales que –es su obligación saber– no existen, no están legalizados y que, por mucho que mienta el aparato propagandístico de los animalistas en las redes sociales, nunca fueron votados y menos aprobados ni en la UNESCO ni en la ONU. Para comprobarlo, basta meterse en las páginas de ambos organismos y consultar la lista de Declaraciones aprobadas, verán como en ellas no aparece ninguna referente al supuesto “derecho” de los animales.

Las señoras alcaldesas pueden particularmente abominar de los toros todo lo que quieran: están en su legítimo derecho, pero se exceden al legislar en contra de la legalidad vigente. El toreo ha caído en la torpeza de no protegerse con una asesoría jurídica competente que lleve a los tribunales todos estos intentos de saltarse la ley a la torera –ellas lo saltarán a lo canguro, que es más animalista– y comience a poner las cosas legalmente en su sitio. Que un empresario autónomo, como es Morante de la Puebla, no pueda publicitar su imagen en una ciudad porque el consistorio de la misma no apruebe su actividad, creo que va más allá de atentar contra la libertad de expresión o la más importante, de pensamiento. Ahora que la temporada llega a puerto, es el momento de tomar decisiones y meterse en la pelea. Otra posibilidad no nos dejan. Y tampoco está de más preguntarle a las alcaldesas: Y de la libertad, ¿qué se hizo?

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