CONSEJOS PARA BROTES NUEVOS

Como el tiempo acompaña, asisto el domingo a una nueva novillada sin picadores, como si la temporada se resistiese a finalizar. En Sanlúcar de Barrameda se celebra la final de las clases prácticas de las Escuelas Taurinas de la provincia de Cádiz. Ocho aspirantes compiten por lograr subir al podio del triunfo: Santiago Muñoz, por la escuela de San Fernando; Alejandro González, sustituto del anunciado Juan Bautista, por la de El Puerto; Jorge Alba, por la de Chiclana; José Mari, por la de La Línea; Diego Luque, por Algeciras; Clavijo, por la del Campo de Gibraltar; Juan Luis Sánchez, por Ubrique y Juan Manuel Caro, por la de Jerez.

Se las vieron con un encierro del encaste Santa Coloma –los dos primeros con el hierro de Felipe Bartolomé y los seis restantes con el de Joaquín Buendía– que, salvo el extraordinario quinto y los manejables séptimo y octavo, sacaron complicaciones y exigieron una técnica y unos conocimientos en gran perte fuera del alcance de chavales tan nuevos. El triunfador fue Diego Luque, que navegó viento en popa de las profundas embestidas que le regaló “Rebolleta”, pues así se llamaba el cárdeno, gacho y algo silleto novillo de Buendía, que prestigió su casta y su divisa con esa clase y nobleza que saca el “santacoloma” bueno para compensar el sentido y las complicaciones que exhiben muchos de sus hermanos de sangre.

Estuvo bien el muchacho, pero aquí viene mi primera observación. Él no es culpable, ya que hace lo que ve realizar a muchas de las primeras figuras del toreo y lo que escucha a los comentaristas y críticos alabar como bueno; pero no es verdad. No se puede torear tan escondido, con la pierna tan atrás y de forma tan ventajista. ¿Qué lo hace Manzanares y éste y aquel y el otro? Sí, pero eso –métanselo en la cabeza los que alientan con sus sueños el futuro de la Fiesta– es mentir el toreo. Y si oyen decir que eso permite ligar mejor, digan sin dubitaciones que es mentira. Servirá para ligar más fácil, pero desde Manolete al día de hoy, los toreros que han sido capaces han ligado el toreo magistralmente sin necesidad de recurrir a tal impureza.

Viendo la fisonomía de los chavales, me surge otra preocupación: la estética de sus cuerpos. Que cada uno tiene el que la vida le ha dado no voy a ponerlo en duda. Siempre hubo toreros bracicortos y pequeñitos, otros espigados y altos y también los hubo fuertes y robustos. Qué duda cabe que eso es así y así seguirá siendo; pero cuando hablo de la preocupación que me ha causado contemplar la estampa de algunos de los novilleros actuantes en la final, lo hago observando que, débase al sobreentrenamiento físico o a lo que quiera que sea y teniendo en cuenta lo jóvenes que son, los veo con unos corpachones, unos muslos, unas pantorrillas, impropios de quien tiene que transmitir su arte a través de un ejercicio de gracia, de elegancia y flexibilidad. No se puede ser torero con el cuerpo de un boxeador o de un policía antidisturbios, lo mismo que un pívot de baloncesto no puede tener la estatura de Messi. Vale que cuiden su puesta en forma y su fuerza física, pero dentro de los límites que la profesión exige. De lo que se trata es de torear mucho de salón, de tener resistencia y estar elástico y flexible, delgado y ágil; pero de forma que cuando uno se enfunde el traje de luces tenga la elegancia que la profesión de torero exige. Fíjense en Ponce, en José Tomás, en Castella, en Perera… ¿Se imaginan cómo se verán ustedes vestidos de toreros cuando tengan su edad como no varíen sus métodos de entrenamiento?

El segundo puesto del podio fue para Jorge Alba, que estuvo por encima de su novillo y tiene la virtud de conectar con el tendido. La técnica y el acople ya lo aprenderá, aunque no debe olvidar que la torería hay que llevarla en el alma y que torear para uno es mejor que hacerlo para el público. Eso va para él y para todos los que actuaron. Por último, el tercer galardonado fue Juan Manuel Caro, que no confirmó en su potable novillo las expectativas que levantó su regusto en el quite por cordobinas instrumentado al astado anterior.

La novillada me dejó la esperanza que siempre produce contemplar la germinación de brotes nuevos, pero también, por su bajo nivel, algunas sombrías preocupaciones.

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