FAENON DE URDIALES EN LA PLAZA MEXICO

Fue una faena de dos orejas en Madrid o en Sevilla. Supongo que en La México también. Pero no la remató con la espada. Y Diego Urdiales no pudo tocar pelo del toro en el día de su tardía confirmación de alternativa. No importó, causó una honda impresión en la afición chilanga. Lástima que los carteles de la Temporada Grande están cerrados y es improbable que a Urdiales se le vea otra vez en la capital mexicana. El toreo está reñido con la burocracia empresarial.

La tarde del día 14 se lidiaron seis toros de Bernaldo de Quirós, faltos de raza, gorditos y pobremente armados. Sobresalió el primero, tardo en la muleta pero con embestidas templadas, nobles y largas. Me pareció de igual condición el sexto, aunque no consiguiera templarle el mecánico toreo de Fermín Rivera, a quien le regalaron una oreja. En verdad, al margen de la actuación del diestro riojano, el resto de la corrida fue irrelevante, incluida la labor del rejoneador Alejandro Zendejas, muy animoso frente a un toro francamente bravo de Fernando de la Mora. Vayamos, pues, a la actuación de Urdiales.

El secreto del toreo de Diego estriba en que se ve torear, se contempla mientras su mando paladea la embestida, dominada, acariciada, sometida a al temple. Hace y dice el toreo. Lo hace citando en el sitio, conduciendo el toro con la mano baja, acompañándolo con la cintura y los pies clavados en la arena, rematándolo con un delicado juego de muñeca. Con naturalidad, se mira, se gusta y le gusta la embestida del toro. Y como además tan sólo pierde un paso para dejar la muleta presentada en el siguiente muletazo, su toreo ligado es hondo, bello, purísima. Cada pase es un cartel de toros. Y si sus redondos fueron extraordinarios, los naturales eran bellísimos. No es de extrañar que la afición los viera en pie. Se sentía prendida por el regusto con que Diego decía el toreo. Para que la gente paladee el arte de torear hay que decírselo, traducírselo a través del sentimiento. Así, no es de extrañar que un toreo tan puro, tan sin concesiones, calara tan hondo en los espectadores.

A su otro toro le sucedió una cosa curiosísima, se moría de miedo ante el mando del torero, y huyó, rehusó absolutamente sus embestidas. Hizo bien Urdiales en cortar la faena. No le mató porque el toro no merecía la entrega del torero en la suerte suprema. Pero Urdiales sí se la jugó al pinchar a su primero. Nada fuera de lo común: los toreros españoles siempre marran la estacada con sus primeros toros mexicanos.

Cobclusión: es muy difícil que vuelva a ver en la Temporada Grande un toreo tan excelso y tan cabal como el de Diego Urdiales.

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