MEXICO 2015 : INTERESANTE CORRIDA DE JARAL DE PEÑAS

El problema del toro en México es que casi todas las ganaderías provienen del mismo tronco, encaste Saltillo, y que éste es muy delgado, formado con un número limitado de reses. Un doble condicionante que impide el “refresco” de una gran red de ganaderías, cerca de 300, y, por tanto, su variabilidad genética. En consecuencia, casi todos los toros parecen el mismo toro, por trapío y comportamiento.

Es decir, un toro fino de hechuras, paupérrimo de pitones y de una dulzura rayana en la mansedumbre. En este contexto resulta lógico que la afición capitalina -poca, pero buena, el pasado domingo 22- recibiera con alborozo la corrida de Jaral de Peñas, por su buen trapío que no por su la romana -ningún toro alcanzó, afortunadamente, los 500 kilos-, se sorprendiera por su acometividad en varas y se decepcionara, salvo con el bravo tercero y el noble cuarto, por la mansedumbre descastada del resto. O sea, que nadie es perfecto, ni el toro mexicano ni el toro español. Porque la sangre que fluye en Jaral de Peñas proviene de Jandilla y Juan Pedro Domecq, con un toque de Torrestrella, es decir puramente española, sin mezcla cunera mexicana.

¿Cómo se comportaron los “jarales”? Lo positivo radicó en su clase, extensiva a todos los toros lidiados. A dicho comportamiento se sumó la bravura sin tacha del bello “burraco” tercero y la elegante nobleza del negro cuarto, que duró poco debido a que el derribo de un caballo, y la imposibilidad de levantarlo, paró la lidia durante 15 minutos. También resultó casi convincente la pelea en varas de todo el lote, inicialmente emotiva, pero luego mermada porque ninguno accedió al segundo puyazo, debido bien a su falta de raza o bien a sus limitadas fuerzas. ¿Habría corregido un mayor vigor la falta de raza que desaconsejaba más castigo? No lo creo, algunos toros se refugiaban en tablas, primero y segundo, antes de sentir la puya. Otra incógnita: ¿la falta de fuerza se debía al manejo o era de origen genético? La respuesta debe darla el ganadero. Para el aficionado, el juego de los toros resultó interesante, y hubo dos bravos de excepción. No está mal para los tiempos que corren.

La terna, Alejandro Talavante, Arturo Saldivar y Diego Silveti, era obviamente atractiva. Talavante estuvo diestro con su manso primero y brillante con su segundo hasta que dejó de embestir. Saldivar, valeroso con el capote y mecánico con la muleta. Y Silveti, heroico con el bravo tercero -recibió dos impresionantes volteretas-, al que cortó una merecida oreja aunque el toreo estuviera por debajo de la bravura, y vulgar con el sexto.

Conclusión: un encaste, el de Domecq, que aporta variedad a la lidia mexicana pero que todavía no ha confirmado su excelencia en la Plaza México.

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