VOLVERSE A ENCONTRAR

En ese arcón donde la memoria guarda sus más preciadas maravillas, aún palpita con la frescura del recuerdo cercano un par de ramilletes perfumados con el aroma del toreo más puro que pudo contemplarse en la temporada que acaba de cerrar sus puertas en España. Un ramillete de naturales de frente a pies juntos, y otro, con el compás abierto, la cintura partida, el alma estremecida y el sentimiento desbordado y libre destilando lágrimas y quejíos del toreo más sentido y auténtico. Ambos fueron obra de un torero con los sueños puestos en su muleta: Paco Ureña.

A mediados de octubre pasaba por quirófano para que la cirugía redujera la fractura de escafoides y demás desperfectos que, el día de su triunfo, le ocasionó el toro de Adolfo Martín. Su horizonte estaba puesto en Lima, en su debut en la plaza de Acho, y a ese paseíllo encomendó todos sus esfuerzos y fatigas para vencer el tiempo de rehabilitación.

Por su parte, desde el campo sevillano, en términos de Lora del Río, seis toros de Miura embarcaban con destino a un largo viaje que tendría por término la plaza de Acho. Hacía cincuenta y seis años que las reses de la divisa roja y verde no hollaban la arena del coso cumplidor de un cuarto de milenio. Ni aquella vez –12 de octubre de 1959– ni la anterior –16 de noviembre de 1952– los estragos del viaje permitieron que la corrida se lidiara entera. En la primera tarde sólo se lidiaron dos, completándose el cartel con otros tantos de Gallese y de Yéncala. El cordobés Calerito, que formaba terna con Luis Miguel Dominguín y Rafael Ortega, le cortó el rabo al miura que cerró plaza y salió a hombros en compañía del diestro de San Fernando . En la segunda, de la miurada se lidiaron cuatro, remendándose el encierro con dos ejemplares de Huando. El único lote completo de miuras se lo llevó Mondeño –acartelado con Antonio Ordóñez y Diego Puerta–, que realizó una gran faena a su primero, al que cortó la oreja, y pasó un calvario con el que cerró plaza, todo un señor toro de 553 kilogramos, capaz de manejar como un erudito ese “libro” que de vez en cuando sacan los de Zahariche para no dejar títere con cabeza.

Sería éste el último miura que se lidiara en Acho, pues, aunque el 16 de octubre de 1983 se jugó en Lima otra corrida de Miura –con la que José Antonio Campuzano triunfaría cortándole las dos orejas a uno de sus toros, en presencia de Ruiz Miguel y Dámaso González–, ésta se lidió en otra plaza: la de Sol y Sombra, que levantaron para hacerle la competencia a Acho, y en otra feria, la de Santa Rosa de Lima.

Todo esto ocurrió hasta que el pasado domingo las líneas de universo de Ureña y de los toros de Miura, cruzaron sus destinos en el ruedo de la capital peruana. Los miuras volvían a encontrarse con Acho, y el torero lorquino con la tremenda incógnita del toro. De los “adolfos” de Madrid a los miuras de Lima. Y no defraudó. Pese a que la corrida salió correosa y complicada, Ureña dio la nota de valor y de casta, que le llevó a sufrir una voltereta en las postrimerías de su faena de muleta al sexto, antes de que, tras manejar la espada con letal contundencia, paseara en triunfo la única oreja del festejo.

Como Paco continúe en el son de pureza y toreo que le vimos en Madrid y con el arrojo que ahora han disfrutado en Perú, su nombre va a rutilar entre los más importante del 2016. Y no perdamos de vista a Roca Rey, pues si en Tlaxcala le cortaba las dos orejas al toro de su reaparición en México después de pasar por el quirófano, el pasado domingo, en Tijuana, logró un sonado triunfo de cuatro orejas ante un bien presentado encierro de Pozo Hondo. Dos corridas, dos aldabonazos. Éste es otro de los toreros al que hay unas ganas inmensas de volver a ver.

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