CORRIDA MEXICO 13 DIC : POCA FUERZA, NULA RAZA Y VESTIGIOS DE BRAVURA

Eximentes: Primero, en la ciudad de México, los toros combaten casi a tres mil metros de altura: tal vez por eso atemperen su velocidad. Segundo, en la plaza Monumental de México, los toros permanecen siete días antes de ser lidiados en unos corrales situados en los sótanos del coso, húmedos y fríos: tal vez por eso pierdan parte de su forma física. Y tercero : la suerte de varas se practica desde unos caballos superprotegidos, inabordables, disuasorios, que abochornan al toro en su derrota.

Lo demás son agravantes: poca fuerza, ninguna raza y vestigios de una antigua bravura. En tales condiciones, es muy común el toro que busca la querencia o se para. Decía Juan Pedro Domecq Díez que la bravura es la voluntad del toro de embestir hasta la muerte. La clave es ésa: embestir, una agresividad ofensiva. Pero, en México, los toros no suelen embestir, en el mejor de los casos pasan dulcemente, en el peor se paran.

A mí me sorprende el toro mexicano cuando se para. Porque no pierde la fijeza y no huye, luego no es manso. E incluso, tras mucho cruce del torero y mucha insistencia, hasta embiste tres o cuatro veces seguidas; eso sí, con aparente desgana y evidente sumisión. No emociona, no provoca temor en el público y, aparentemente, tampoco en el torero. Se añora entonces la vieja bravura encastada, esa agresividad vigorosa, ofensiva, del bravo. Y también, la agresividad defensiva del mansurrón. Por ejemplo, el segundo toro de Daniel Luque se defendía con peligro, buscando el cuerpo del torero antes de tomar el engaño, pero no emocionaba porque lo hacía muy despacio, con dulzura.

La corrida de Villa Carmela, bien presentada, armada, variada de capas y con buenas hechuras fue mansa, suavona y parada. Sólo dos, el lote de Fermín Rivera, tomaron los engaños con nobleza y languidez. Los otros cuatro, mansos, no tuvieron un pase, ni tuvieron peligro. Un latazo. Y el resultado fue el previsible: Fermín Rivera estuvo solvente y mecánico, Daniel Luque, torero y sin posibilidades y Sergio Flores, enrazado y sin enemigos. Con ellos actuó el rejoneador Rodrigo Santos que lidió una cabra loca de Marcos Garfias y aquello parecía toreo cómico a caballo.

Como es lógico, la afición, harta, se quedó en casa y en la plaza no había nadie. Lo afirmo una vez más: en la fiesta brava mexicana, el problema es el toro.

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