LA FERIA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

El domingo concluyó la Feria del Señor de los Milagros en el marco asolerado y añejo de la plaza de Acho. Fin de semana toreramente limeño, con la encerrona el sábado del novillero Joaquín Galdós, que llenó en tres cuartos el graderío del vetusto coso, consiguiendo la hasta entonces mejor entrada de la feria, y broche de oro al día siguiente con el esperado mano a mano del nuevo gallo de pelea paisano Roca Rey y el veterano matador Enrique Ponce, que llenaron en casi su totalidad los tendidos de este testigo omnipresente de la historia del toreo.

Vaticinábamos la pasada semana las grandes posibilidades que tenía Roca Rey de alzarse con el prestigioso Escapulario de Oro y acertamos plenamente: cuatro orejas cortadas a ley lo pusieron en sus manos. Tan bien estuvo, que un cuarto de milenio viendo toros no evitaron que las arquerías y tendidos de Acho sintieran ese escalofrío estremecedor de la emoción auténtica contemplando a un hijo de la tierra pasarse los toros más cerca que nadie sin importarle que fueran bravos o mansos, grandes o chicos, nobles o de sentido. Y haciendo ese toreo que sale del forro de las entrañas y que a todos conquista y unifica.

Un toreo adobado con unas ganas inmensas de abrirse paso y una voluntad obcecada en llegar a la meta fijada sin dar un paso atrás es algo demasiado grande como para no rendirle vasallaje. ¡Que se abran las puertas de los despachos! ¡Que los contratos fluyan hacia su firma! ¡Paso al torero que pide paso con verdad, a sangre, fuego, arte y torería!

El fin de semana ganadero fue también de la tierra: corrida desigual en presentación y juego de Ricardo Puga y muy agradable de cara y bien presentada de romana la novillada de Santa Rosa de Lima. Sin embargo, el resto de la feria ofrecía la novedad de cocinarse con toros españoles. Abrió fuego la de Zalduendo, con sus últimos dos toros de misérrimos pitones y en conjunto justitos de raza y manejables, que propiciaron el arte de Morante –una oreja–, y los triunfos de Talavante y Adame, que se llevaron dos orejas cada uno, aunque con más peso las del español. Siguió el camino la de Miura, que no transmitió el miedo y la emoción que los aficionados esperaban, con tres toros primeros muy escurridos de carnes y anovillados y otros tres más hechos. Ureña, con el menos malo, se llevó la única oreja de la tarde. La tercera corrida fue de Daniel Ruiz, terciada y encastada, que propició la salida en hombros de Castella y López Simón –dos orejas por coleta– y le valió al ganadero llevarse el Escapulario de Plata, gracias al segundo astado de la tarde, “Travieso”, número 20, al que López Simón desorejó por partida doble. Y la cuarta y última fue la de La Quinta, astifina, sosa, descastada y justa de fuerzas, que no dio facilidades y desarrolló un sentido que, a veces, el público no percibió, salvo el codicioso segundo de la tarde, al que la técnica y conocimientos de Juan Carlos Cuba logró cortarle la oreja. Ese día, ni Urdiales ni Daniel Luque tuvieron su tarde.

En resumen, añadiendo la oreja cortada por Ponce, eso fue todo; pero el toro de América sigue embistiendo y la ecuatoriana Quito abre sus puertas para dar con su feria la taurina bienvenida a diciembre, mes en el que el próximo domingo, el mexicano Coliseo Yucatán pondrá ruedo para que, con toros de Campo Hermoso, haga el paseíllo Roca Rey, flanqueado por los aztecas Arturo Macías y El Payo, que despidió noviembre cortando dos orejas en la México.

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