LA FOBIA QUE NO CESA

Antonio Avendaño, perdiguero fiel de la jauría periodística del PSOE, ágil escalador de puestos cobijado bajo la frondosa sombra de Manuel Chaves y Griñán; hombre hosco, de mirada esquinada y un rictus de perenne huelemierda, tal vez debido a toda la que ha tenido que soportar a su alrededor como peaje, arremetía el pasado miércoles contra el toreo y los aficionados taurinos en un artículo :

(http://www.andalucesdiario.es/Sur_izquierda/el-cordobes-y-ferlosio-en-la-misma-tanda/ ),

publicado en el periódico digital del que es director, tomando como pretexto el acto de entrega de las Medallas al Mérito de las Bellas Artes, realizada en Sevilla por los Reyes de España, dado que uno de los galardonados era Manuel Benítez, El Cordobés.

Se quejaba nuestro personaje de que un “maltratador de animales” obtuviera ese tipo de recompensas y, además, que lo hiciera “en el mismo sitio, a la misma hora y para el mismo premio” que un escritor de la talla de Rafael Sánchez Ferlosio, uniendo, a su entender, “la España más ilustrada” con “la más primitiva”.

Cuando conocí a Avendaño, como jefe de redacción de El Correo de Andalucía, no abrigaba tales prejuicios contra la fiesta de los toros; antes al contrario, era respetuoso con ella y con las páginas de la sección taurina; aunque no tanto con el trabajo que realizábamos –al menos con el mío, como colaborador esporádico–, pues, en una ocasión, ante la tardanza de una crónica mía enviada desde El Puerto de Santa María, no se le ocurrió otra cosa que coger otra de una agencia y publicarla firmada con mi nombre. No sé si esta muestra define su deontología profesional, pero, al menos, dice poco en favor de la misma. Naturalmente, logré que el periódico incluyera en sus páginas una rectificación de su error, me imagino que con su disgusto, y ya nunca más supe de él.

Ahora parece haber evolucionado en paralelo a su partido, que, de “lavarse las manos” ante el tema de la Fiesta ha pasado a posicionarse –tal vez buscando votos en sectores que su política neoliberal y reaccionaria le impide lograr– claramente en contra de la misma, como últimamente ha ocurrido en Palma de Mallorca, declarada “ciudad antitaurina” con los votos del PSOE, Mes per Palma y Som Palma.

Siguiendo esta moda progre de radicalización antitaurina, Avendaño nos insulta, como aficionados a los toros, llamándonos hipócritas redomados –él, que en su cargo de director de los Servicios Informativos de la Oficina del Portavoz de la Junta de Andalucía, tuvo que hacer de la hipocresía y el cinismo su comunión diaria– y mostrencos; o sea: personas que por carecer de gracia o por torpeza, provocan desprecio o enfado. Y lo dice él, que si atendemos a su “gracia natural” habría que nombrarlo “Gran Mostrenco Ejemplar del Reino”.

También insulta al toro, pues insulto es tachar a una bestia altiva, poderosa y temible como es el toro que se lidia en las plazas, de “pobres animales aterrados”, así como de “animal inocente y desgraciado”. Lo de desgraciado, lo dirá por ese cuarto de hora de lucha donde se enfrenta al destino para el que fue criado, porque ya quisieran las demás especies animales vivir en las condiciones de libertad, cuidado y mimo en que el toro bravo consume su existencia. Y otra cosa que se olvida nuestro irritado periodista: la muerte en la plaza de no llega al 6% de ejemplares, garantiza la vida paradisiaca del 94% restante. En cuanto a lo de “inocente” no deja de ser una desafortunada traslación de un atributo humano a un animal. Ni el toro ni el león ni el buitre leonado son inocentes o culpables. Los animales –excepto el hombre– actúan conforme a su código genético. Y punto.

Afirma, además, que “lo peor no es darles las medallas (a los toreros), sino hacerles creer que las merecen.” Aquí se equivoca de nuevo. En los sueños del chaval que quiere ser torero no aparecen las medallas por ningún sitio, a no ser como metáfora de las cornadas. Sus ilusiones van por otro camino, como el de cuajar de veras un toro en una plaza importante tal que Madrid o Sevilla, abrir la Puerta Grande del toreo y hacer méritos para lograr que su nombre aparezca en los carteles de las principales ferias. Lo importante para él es sentirse toreando, plasmar ante y con el toro esos sentimientos que le queman por dentro impulsándole a jugarse la vida y que ni Antonio Avendaño ni ninguno de los muchos antitaurinos que ahora han salido de los rincones pueden llegar siquiera a imaginar.

Sin embargo, así están las cosas: una fobia que no cesa y que va infestando a sectores cada vez más amplios de población, los cuales, automáticamente y sin reflexión alguna, hacen suyos los tópicos de la tortura animal, las subvenciones y lo anacrónico de las corridas. Y el toreo, dormido. Como si no fuera con él. A ver si cuando quiera despertar, se encuentra con que está sumido ya irremediablemente en el sueño eterno.

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