PEPE LIMEÑO

Sábado, 19 de diciembre. El pueblo de Sanlúcar de Barrameda abarrota la Basílica de la Caridad y los espacios aledaños para dar el último adiós a su torero más querido. La impresionante manifestación de duelo, a la que se ha unido una nutrida representación del mundo del toreo, incluida toda la torería sanluqueña, evidencia el sentimiento de cariño que su pueblo –ese pueblo al que Limeño estaba deseando regresar cada vez que salía a torear por los ruedo de España– aún guarda en su corazón hacia el que en otrora fuera “el héroe de los miuras”.

A Pepe, el toro del cáncer se lo ha llevado de la vida, pero no del recuerdo de los paisanos ni de los aficionados y profesionales. Muchos de aquellos recordaban otra manifestación semejante, en el mismo escenario, aunque absolutamente jubilosa, cuando a finales de enero de 1962, a su regreso de triunfar en las ferias colombianas de Medellín y Manizales, la corporación municipal en pleno y varios cientos de seguidores salieron a su encuentro hasta la divisoria que separa los términos de Sanlúcar y Jerez, para “apoderarse” de su ídolo y entre vítores, aplausos y entusiasmo traerlo hasta la misma iglesia de la Caridad, abarrotada como en esta ocasión, para poder ver y tocar al torero y agradecer a la Patrona su influencia y amparo en los éxitos del matador. Si aquella vez era el júbilo quien lo sacaba en volandas, el pasado sábado era el dolor y la tristeza de sus hijos y hermanos quienes ponían los hombros para trasladar el féretro, cubierto con el mismo capote de paseo que tantas tardes de gloria albergara su responsabilidad y honradez torera.

Ese profundo respeto y cariño no fue un don del cielo, sino la conquista del tesón y el esfuerzo de su afición indomeñable. Porque Pepito Martínez –como en un principio se ponía en los carteles–, para sus paisanos no dejaba de ser, en sus inicios, un “señorito” que le había dado el capricho de ser torero. Sin embargo, esa displicencia, esa velada incomprensión, cambió radicalmente una tarde agosteña de 1958, en una novillada que lo anunció en Sanlúcar –ya apodándose Limeño– con Mondeño, Pepe Álvarez y Paula y ocho novillos de Concha y Sierra. En su primero, Limeño tuvo la mala suerte de sufrir una voltereta y ser alcanzado en la cara, cuando caía, por un certero derrote que le afectó a un ojo, le destrozó el pómulo y la cara. Aquello impresionó mucho a la gente por el escándalo de sangre que manaba de la herida; pero Pepe se levantó, cogió la espada y fulminó al astado antes de pasar a la enfermería. Sin embargo, lo mejor estaba por llegar, pues, una vez curado y teniendo que tumbar de un empujón al cura que oficiaba en la capilla del Carmen porque no lo dejaba salir, volvió a la arena con un aparatoso vendaje que le tapaba el ojo afectado y media cara, y tuvo la fortuna de los valientes, pues el novillo que le correspondió fue ideal e, inmerso en el entusiasmo del público, que esa tarde conquistaría para siempre, Limeño le cuajó una faena extraordinaria de principio a fin para acabar cortándole las orejas, el rabo y la pata. Ese día, Limeño enterró en sangre, pundonor y gloria el sambenito de “señorito” para convertirse en el alevín de ídolo que acabaría siendo.

Tras triunfar de novillero en Madrid y Sevilla, toma la alternativa en La Maestranza, el 29 de junio de 1960, con el toro “Guindalillo” –y no “Granujillo”, como reza por ahí–, negro, de 463 kilos y la divisa de doña Eusebia Galache, cedido por el astigitano Jaime Ostos en presencia de Curro Romero. A ese toro le cortaría Limeño la única oreja de la tarde.

De su historia, se pueden decir muchas cosas dentro de su concepto de torero honrado, técnico y poderoso; pero yo voy a destacar dos: 1ª) su trienio mágico con los miuras en Sevilla, de 1968 a 1970, donde, con las reses de la divisa verdigrana, consiguió tres de las cuatro Puertas del Príncipe que prestigian su carrera, tres Orejas de Oro, como premio al triunfador de la Feria de Abril, y hasta un Rabo de Oro otorgado por conseguir consecutivamente los tres trofeos anteriores, y 2ª) su pésima suerte con los apoderados que tuvo, algo que no sólo le limitó, sino que le hundió más de una vez en el desencanto y la decepción.

Este pasado verano tuve el honor de compartir mesa con él y con José López, el autor de la obra “Sanlúcar de Barrameda, madre de toreros”, que ese día se presentaba. Fue el último acto público de su vida y en el que su sensibilidad pobló de lágrimas sus recuerdos. Ahora, descanse en paz y manténgase tan viva su memoria como mereció su fama, su afición, su coraje y su exquisita condición de hombre de bien dentro y fuera del ruedo.

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