MEXICO 10 ENERO : LA MIEL EN LOS LABIOS

Los seis toros de Campo Real fueron noblemente bravos y tuvieron clase, esa fue su cara. Pero su cruz es que no tenían fuerza ni casta. De modo que ese desequilibrio provocó algunas embestidas cortas, o poco humilladas, o a la defensiva, e impidió que los toreros no triunfaran rotundamente. El cartel lo componían Arturo Macías, Alejandro Talavante y Juan Pablo Sánchez.

Lo mejor que hizo Macías fueron las tres largas cambiadas que endilgó a su primero, prácticamente en el centro del ruedo. Después se embarulló en un valeroso quite y finalmente evidenció que le falta clase para compensar la falta de emoción de los toros y una técnica más depurada para solventar embestidas incompletas. Alargó las faenas y mató muy mal. Le pitaron.

La muleta de Talavante es un sedante para la bravura. Y como además su primer toro era bravo y muy noble, la faena de muleta tuvo momentos de ensueño. Pero fue una lástima que Alejandro incidiera demasiado en su faceta inspirada. A su toreo le sobró improvisación y le faltó reposo, profundizar, construir series más intensas y templada. Hubo instantes excelsos e inmediatas rapideces. Algo impropio de su maestría. En su segundo, que fue peor, nada pudo hacer y abrevió.

El triunfador fue Juan Pablo Sánchez, torero que tiene la privilegiada virtud del temple. Y en efecto, toreó despacio a un toro que embestía muy despacio. Lo malo es que compone mal la figura, tiene poca cintura, dobla las rodillas, levanta los talones y, lo que es peor, amontona series en vez de construir faenas. Pero, repito, tiene la rara virtud del temple. Por eso le concedieron una justa oreja de su primer toro, y nadie sabe por qué, otra de su segundo que fue muy protestada.

Conclusión: sin toros de casta y con fuerza, la lidia es un espectáculo generalmente aburrido, y así las malas entradas se suceden en la Plaza México. La gente sabe lo que hace cuando se queda en casa.

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