MÉXICO: ENTRANDO EN LA EXCELENCIA

El pasado domingo sirvió de pórtico a los carteles más rematados de la Temporada Grande de México. De ahí hasta su finalización, la oferta de la empresa del coso de Insurgentes es una pasarela de excelencia, con la cúspide del próximo día 31, donde, a plaza abarrotada, José Tomás volverá a reencontrarse con la afición azteca actuando mano a mano con Joselito Adame, ante toros de Fernando de la Mora y Los Encinos. También es digno de resaltar, por lo que tiene de efeméride conmemorativa, el otro mano a mano entre Castella y Saldivar, el día –5 de febrero– en que la plaza podrá soplar su pastel de setenta velitas.

Setenta años ya de aquella “locura” del propietario del inmueble, Neguib Simón, quien, a golpe de chequera y con arrestos e inteligencia para sortear las zancadillas que le tiende la competencia empresarial de “El Toreo” –la otra plaza capitalina–, le basta el tiempo que dista de noviembre a primeros de febrero para hacer realidad lo que a todos, incluido Camará, les parece un delirio: levantar el imponente embudo de 50.000 localidades, que anuncia para el susodicho día de 1946 un cartel de lujo por los cuatro costados: toros de San Mateo, para una terna compuesta por Luis Castro, El Soldado, Manuel Rodríguez, Manolete y Luis Procuna. “Jardinero”, negro entrepelado y bragado, es el astado que estrena ruedo, mientras que la primera oreja que se otorga en el coso va a parar al esportón de Manolete, que la obtiene del segundo toro de la suelta llamado “Fresnillo”.

Veinte fechas antes, tuvo lugar la apoteósica reaparición de Manolete en El Toreo, tras la cornada del torrecillas “Cachorro” el día de su presentación mexicana, cortándole oreja y rabo al segundo de su lote, en tarde memorable de Fermín Espinosa, Armillita, que inmortalizó por naturales al toro “Pituso”, de La Punta, con el que consiguió el trofeo a la mejor faena de la temporada 1945-46. Jesús Solórzano, segundo de la terna, también “tocó pelo” del corrido en quinto lugar.

Para poder torear ese día, Manolete –o mejor dicho, Camará– hubo de conseguir anular la sanción presentada contra el torero por la Unión Mexicana de Matadores de Toros y Novillos, que le prohibía actuar durante dos años en las plazas aztecas por no haber toreado –previa presentación de parte médico– en la corrida del semiconstruido Sanatorio de Toreros de México. Y es que al Califa de Córdoba no se lo pusieron fácil allende el Atlántico, como se desprende del complot aireado en los mentideros y tertulias de la capital mexicana, al día siguiente del nuevo éxito de Manolete en El Toreo –oreja y rabo del toro “Boticario”, de San Mateo, a cambio de una espeluznante paliza–, en los que se acusaba al ganadero Llaguno y a Lorenzo Garza –ambos del grupo de Zacatecas– de haberle jugado una mala pasada a Manolete por apoyar a toreros como Armillita o a ganaderías como La Punta, pertenecientes al denominado “grupo de Tlaxcala”, litigante con el anterior.

Ojalá que aquel clima de pasión, competencia, pundonor y arte, se vea reproducido en la actual campaña, para que la Monumental de Insurgentes no celebre su fiesta rememorando únicamente asoleradas nostalgias del pasado, sino añadiendo nuevos fastos y hazañas acaecidas en el mosto nuevo del presente.

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