SOBRE LA VUELTA DE ESPLÁ Y LOS VERDADEROS REVULSIVOS

En un portal taurino de los más visitados, leo el resultado de una consulta donde la mayoría de encuestados se decanta favorable a la vuelta a los toros de Luis Francisco Esplá por suponer “un revulsivo para la Fiesta”. Un revulsivo es algo que, causando cierta conmoción, se revela saludable por la reacción que produce. Decir que la vuelta de Esplá es un revulsivo para el toreo, significa, pues, que su regreso es saludable por los efectos positivos que puede tener en el momento que atraviesa la Fiesta.

Los motivos que haya tenido Esplá para comprometerse a vestir de nuevo el traje de luces –vuelta, además, por un solo día– son cosa que sólo a él concierne; aunque, tal vez no estén muy alejados de aquel que pronunciara Ignacio Sánchez Mejías, cuando aseguró que “No se muere en la plaza, sino en casa”, y eso que él moriría en el ruedo. Pero que haya quienes piensen que esa fugacísima reaparición puede suponer un revulsivo para la fiesta brava, me parece preocupante por lo que encierra de desconocimiento del toreo y del momento en que éste se encuentra.

En primer lugar, porque torear una sola tarde no puede pasar de ser una simple anécdota sin peso específico para ser revulsivo de nada, y en segundo, porque, aunque “viniera para quedarse”, la vitamina que necesita el toreo en estos momentos no puede suministrarse en cápsulas de añoranza o nostalgia, algunas de las cuales tienen ya superada su fecha de caducidad, sino con la marca de los nuevos productos que pretenden hacerse sitio en el mercado.

El revulsivo que la Fiesta precisa no es el de la serena maestría del veterano, sino el del ímpetu arrollador del “hambriento”, del que pone toda su juventud e ilusión en la balanza para hacerse un sitio entre los mejores. El toreo está falto de afición desmedida, locura, fuego, pasión, compromiso, ganas de superarse. Y eso sólo lo encontraremos en los alamares nuevos, cargados de sueños y esperanzas; alamares cautivados por el misterio del toreo; alamares que sufren muriéndose de ganas por cuajar un toro con el alma puesta en la muleta, con el sentimiento mecido en el capote, con la fe del que antepone el triunfo a todo lo demás tirándose a matar o morir sobre ese morrillo donde esperan al valiente la fama y los billetes.

No queremos bellas ruinas, aunque respetemos el valor que tuvieron; necesitamos nuevas semillas –algunas ya germinadas– para que la flor del toreo se alce con la pujanza de vida y futuro de una primavera. Honrar el ayer, pero con el sentido puesto en el mañana. Que el pasado nos sirva de cimiento; pero levantando el edificio hacia el futuro; un futuro cargado de inéditos prodigios, de nuevas aventuras, donde la realidad gane terreno a lo impensable y donde la Fiesta, cada vez más hermosa, siga asombrándonos pariendo maravillas.

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