EL DINERO MÁS HONRADO

Nunca me gustó la caridad. Ya el concepto supone la existencia de una indigencia que el gobierno de turno no ha sabido o no ha podido evitar. Supone también una desigualdad social que favorece la ostentación del donante y, en cierto modo, un sentimiento de humillación en el necesitado. Prefiero aquellos graneros con que la antigua Roma favorecía al pueblo suministrándole trigo abundante, que las casas de caridad.

No obstante, aunque me incline por una justicia social que eliminase dádivas y paliativos de la miseria, ante la penosa realidad que vive un número cada vez más elevado de nuestros semejantes, valoro en lo que tiene de humano y meritorio esa protección que las organizaciones benéficas practican en favor de los más necesitados.

A la provisión de fondos para la beneficencia pública ha venido contribuyendo altruistamente el toreo desde sus inicios y al mantenimiento de los primeros hospitales de caridad con que ha contado nuestro país. Nadie jamás puso en duda la generosidad de actuantes y organizadores y siempre medió entre éstos y las asociaciones benéficas el agradecimiento y reconocimiento de estas últimas.

Sin embargo, parece que han cambiado los tiempos. Llegó el fanatismo animalista y con él el odio profundo al ser humano. Lo mismo que nuestros gobernantes han traicionado al pueblo anteponiendo el pago de la deuda a las necesidades sociales, el animalismo antepone el bienestar animal al de las personas. Ha estado a punto de ocurrir en Córdoba y ha ocurrido en Requena, con el festival que se había organizado con el propósito de beneficiar a Cáritas y la Cruz Roja.

Los descerebrados subhumanos que dirigen las delegaciones de dichas entidades en Valencia, anteponiendo las bestias a las familias necesitadas que dicen socorrer –que, por supuesto, no son las suyas ni las de sus allegados–, desestiman alegremente los fondos que podrían obtener del espectáculo taurino negándose a recibir recaudación alguna que provenga de lo que su estulticia califica de “maltrato animal”.

Al parecer, eso de “a caballo regalado no le mires el diente” ha perdido para ellos su vigencia, o al menos, en lo que a los toros se refiere, ya que no me los imagino poniéndose a investigar si el dinero que reciben proviene de la droga, la prostitución, el blanqueo de capitales o simplemente del negocio de las granjas avícolas o la ganadería intensiva, donde aves o bovinos sufren hacinados un maltrato peor del que pudieran imaginar para el toro de lidia sus “sensibles” neuronas.

Ante el revuelo levantado por tamaño desaire, las comunicaciones de ambas entidades al respecto no han hecho sino dejarlas aún más en evidencia. Sobre todo a la Cruz Roja, que miente descaradamente al afirmar que en las dos últimas décadas no ha participado en ningún festejo taurino. Para desmentirlo, basta remontarse al 12 de octubre pasado y comprobar que la corrida de toros celebrada ese día en Sevilla se organizó a beneficio de dicha entidad, como viene siendo costumbre temporada tras temporada desde hace décadas.

Es un insulto a la inteligencia, que este tipo de beatos del animalismo ostenten cargos de responsabilidad en tales instituciones sin que la superioridad los destituya de un plumazo. En cuanto al festival, se celebró y, como es lógico, su finalidad benéfica siguió adelante, desviándose en este caso hacia el Asilo de Ancianos de la localidad, cuyas gestoras –las Hermanitas de los Ancianos Desamparados–, lejos de poner ningún tipo de trabas, han agradecido de todo corazón la recaudación que les viene de toreros y ganaderos. En contra de los remilgos de esos burguesitos filántropos de pacotilla, ellas saben de sobra que el dinero que van a recoger del toreo, además de venir como agua de mayo para cubrir las necesidades de su obra, es el dinero más honrado del mundo.

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