CORRIDA ESCUCHADA JOSE TOMAS MEXICO

Lamentablemente no peude viajar para ver la reaparición de José Tomás en la Plaza México. Seguí la corrida por radio, a través de Internet. La cobertura de Radio Mil era prometedora. Mari Sol Fragoso acogía en su transmisión a un buen equipo. Beto Murrieta y Memo Leal se encargaban, mano a mano, de la narración de la lidia, tres toros cada uno, y Juan Antonio de Labra y Paco Aguado les auxiliaban con comentarios más técnicos. El radioescucha podía fiarse.

Pero también, al fondo y con sonora intensidad, se notaba la presencia de un actor determinante, el público: una plaza llena a reventar, más de cuarenta mil espectadores, expectación de alto voltaje y manifestaciones discordantes, se diría que no había público sino públicos: el que se adhería sin reservas a José Tomás y el que encontraba pretextos para la repulsa, por ejemplo la nula bravura de los toros. Obviamente, todos se fundieron en la aprobación durante la lidia del primer burel, un toro sin fuerza y sin raza que, sin embargo, embistió y provocó gran peligrosidad gracias a la entrega, sitio imposible y destreza del torero. El toro le cogió dos veces y le destrozó el vestido. Y vino la primera paradoja. Se solicitaron las dos orejas, el presidente concedió una y cuando la recogió el espada hubo división de opiniones. Caprichos psicológicos de las masas en las corridas de expectación al rojo vivo.

Mi atención auditiva se remitió entonces a los sonidos provocados por el público. Y ahí el “ole” encontró su protagonismo. Porque la segunda faena de José Tomás fue jaleada con “oles” profundos, en tandas que llegaron hasta los ocho muletazos. Y sin embargo, las ovaciones que las epilogaban eran más tibias. Y claro, cuando el espada mató de pinchazo y estocada el premio se limitó a una salida al tercio. ¿Quién tenía razón, el “ole” espontáneo que se acopla al toreo o la reflexión postrera? Los “pros” y los “antis” hacían tablas.

El empate se deshizo a favor de los segundos cuando salió al ruedo el quinto de la tarde. Parece ser que era más apretado de cuerna y además era fino de hechuras y alto de agujas. En realidad, un toro normal, de los muchos que se lidian en esta plaza, pero no con el trapío suficiente para una corrida de expectación. Extraño, el juez de plaza lo devolvió antes de que diera tres pasos. Y lo sustituyó con un toro de menor trapío. De modo que ardió Troya y a José Tomás no le permitieron dar un pase. Ni el público, porque ya habían ganado los “antis”, ni el toro, que era manso y no tenía embestida. Aliñó lógicamente el torero y los pitos sentenciaron la reaparición. Por supuesto, yo creí más en los “oles”, pero también sé que cuando la expectación es tanta, y se torea una sola vez al año, no hay matices. Si no se triunfa, se fracasa. Aunque el torero haya estado bien.

Con Joselito Adame, la plaza volvió a su ser: el público solidarizado con el torero. Y como además el de Aguascalientes estuvo bien en sus dos primeros y muy bien en el último -por cierto, el único que embistió-, todos contentos. El aspirante ganó al líder, el joven al viejo, y, encima México, dos orejas, y España, una. Eso sí, el árbitro, casero.

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