GUASA MEXICANA

¡Orden! ¡Orden! ¡Un respeto, juez de plaza, señores periodistas, forofos hidrocálidos, bastión antitomasista! Midamos las decisiones, las palabras, el apasionamiento y las fobias. ¡Un poco de orden, por favor! No se puede echar para atrás un toro al minuto de estar en el ruedo, porque el sector que estuvo protestando toda la corrida –los clásicos “reventadores”– lo pitara y, luego, cuando el sobrero concitó más bronca aún, dejarlo en la plaza. Eso, además de ir contra el público que había abarrotado la Monumental –a ver cuándo los mexicanos vuelven a ver así el coso de Insurgentes– y contra el torero que había ido a ver la mayoría, es actuar contra la propia Fiesta.

Con el agravante añadido de la cantidad de birrias de toros a los que han dado el visto bueno estas últimas temporadas, con los indultos de cachondeo que hemos tenido que soportar, con las orejas de risa que se han dado y otras que se han negado –como las de El Juli hace unas fechas– con el mayor descaro. ¿Qué se proponía el juez Chucho Morales? ¿Dinamitar la tarde?… Pues lo consiguió. Sea enhoramala.

Un periodista, que habla con una televisión frustrada en la barriga, se ha atrevido a calificar de “fracaso” la actuación de José Tomás. ¿Por qué? ¿Porque no salió a hombros? A un hombre que se pone en el sitio que pisó La Estatua en su primer toro –astifinísimo, por cierto–, que le corta la oreja a cambio de dos volteretas, una de las cuales –varetazo en la nuca– pudo teñir de luto la tarde, y que realiza el toreo magnífico, ligado, templario que él bordó al veleto corrido en tercer lugar, donde mereció las dos orejas a no ser por el mal uso del estoque, no se puede tachar de fracasado. Que no hubo el éxito que todos esperábamos –y algunos temían–, de acuerdo; pero de ahí al mencionado “fracaso” caben de por medio muchas cosas estimables, como el llenazo que consiguió, el sentido de la responsabilidad con que afrontó el reto, su toreo de altos vuelos y su manera limpia y honesta de jugarse el tipo para que nadie –ni sus enemigos incluso– salieran defraudados. Fracaso el de Fernando de la Mora y el señor Martínez Urquidi, con el lote de mansos, febles y descastados, que llevaron a la plaza y que no fueron sino un exponente más del pésimo momento que atraviesa la ganadería brava mexicana. Ese fue el único y auténtico fracaso: el de los toros, incluido el sobrero de Javier Sordo.

Nos queda el “publiquito” que acudió a la corrida buscando, por unos motivos u otros, que a José Tomás no le salieran las cosas. Esos que tuvieron la desfachatez de pitar la oreja concedida en su primer toro, al punto de hacerle desistir de pasearla y no dejaron de meterse con él toda la tarde a la menor oportunidad. Al parecer, estaban impregnados del espíritu futbolero y había que arropar al local para que “ganara el partido”. No es nuevo ese talante. Ahí quedan en el recuerdo, la imagen de Ignacio Sánchez Mejías dejándose pegar una cornada, allá por el año 1922, ante la virulencia de los injustificados insultos de los partidarios de Rodolfo Gaona; el intento del llamado “grupo de Zacatecas”, de quitarse de en medio a Manolete de todas las maneras posibles –boicot incluido– en 1946 o que El Cordobés tuviera que echar mano a la pistola para poner las cosas en su sitio. Ahora, le toca el turno a José Tomás por aquello de que “los rayos siempre fueron a las cumbres”. Ojalá su espíritu valiente tape las bocas, artimañas, plumas y comportamientos cobardes. Esto no va a quedar así. José Tomás hablará de nuevo, como él sabe hacerlo y donde debe: en el ruedo y ante el toro. Veremos entonces que su elocuencia sigue siendo tan grande como siempre.

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