NOMBRES DE VALDEMORILLO 2016

Tras el prólogo ecuestre, Valdemorillo cerró su feria con dos corridas de toros de las que pudimos extraer tres nombres para seguirles la pista a lo largo de la temporada que ahora echa a andar. Dos de ellos pertenecen a dos bisoños matadores de toros, ninguno de los cuales ha cumplido aún el año con galón de alternativa. El otro corresponde a una ganadería relativamente nueva; aunque por el hierro que lucían los toros, sería más propio achacárselo a la última reminiscencia de una casa ganadera ya desaparecida.

La corrida pertenecía –y así se anunció en los carteles– a Monte la Ermita, de la que es titular don Pablo González García; pero los toros lidiados lucían el hierro de doña Carmen Segovia, vacada vendida en 2013 al ganadero anteriormente mencionado. Bien presentado en líneas generales, con toros cuajados, hondos, con edad y trapío, el encierro tuvo un comportamiento encastado y manejable en distinto grado, al punto de que, sin pecar de triunfalistas, podemos decir que de los seis, sirvieron –siempre en grado variable– los seis. Ignoro si en la finca de Villamantilla quedarán más corridas del mismo hierro, pero si es así y tienden a salir con el mismo talante que la lidiada el pasado sábado, no dudo que darán que hablar y mucho para bien.

Con dichos astados –y al margen de cortes de oreja más o menos desorientadores–, triunfó un muchacho alternativado en Soria el 27 del pasado junio, natural de Galapagar y que había cerrado el 2015 con cinco corridas de toros toreadas. Su nombre es David, aunque se anuncia en los carteles Martín Escudero.

Ya el pasado año dio un toque de atención actuando como novillero en el mismo ruedo donde ahora ha repetido su capacidad para dejar su nombre colgando de la boca de los aficionados. Martín Escudero es de los diestros que “tienen algo”: ese acento diferenciador de la personalidad que dota de interés todo lo que hace, le salga bien o mal. Su seriedad –que no debería dejar que degenerara en tristeza–, su sobrio concepto del toreo, la verdad de su quietud y la voluntad de pureza que habita en sus formas, nimban su figura con el halo de la expectación. Como muy nuevo que es, le quedan muchas cosas que mejorar y más aún que pulir; pero, haríamos bien no perdiéndolo de vista. Ya saben: algo tiene el agua cuando la bendicen.

El otro nombre a consignar es el de Borja Jiménez, que le tocó pechar con una complicada corrida de Ana Romero, aunque en su lote cayera el único astado potable del festejo, por cierto de un pelaje –cárdeno claro con los cuartos traseros y el rabo negros–, cuya denominación no creo esté inventada. Yo, al menos, en mi larga vida de aficionado, no recuerdo haber visto otro igual. Con él se gustó el diestro y corrió la mano con limpieza, largura y temple. No obstante, casi me gustó más en el primero, un burel mirón, incierto y con la cara siempre a la altura del pecho del torero. Ahí demostró que le funciona el ánimo para dejar quietas las zapatillas y mantener la fe en sí mismo. Fue muy meritorio todo lo que le hizo.

Después de nueve paseíllos la pasada campaña, volverá a Sevilla, coso en el que se doctoró y en el que volvió en septiembre para cerrar su temporada. Habrá que estar atento, pues, aunque no es de los que más suenan entre las promesas, merece el crédito que se ha ido ganando. Valdemorillo y Canal + Toros han dado fe.

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