ALBORADA VALENCIANA

Concluyeron las Fallas 2016. Por tierras de levante, por Valencia, amanecen dos soles: el astro que nos ilumina y ese sol del toreo que alumbra una aurora anunciadora de una nueva e ilusionante época.

Valencia se presta a esos augurios de alboradas y sueños. Fue en ella, allá por 1912, cuando se dejaron sentir los primeros seísmos del que luego sería Terremoto de todas las Españas. A su plaza llegó como un Juan Nadie y salió de ella catapultado como Juan Belmonte el revolucionario, llamado a llenar con su nombre –junto al de Joselito– toda una Edad de Oro del toreo.

Tres décadas más tarde, por San Jaime, en la Feria de Julio, saldaba Manolete su triple compromiso, con los toros de Alipio, Villamarta y Galache, llevándose en el esportón nada menos que nueve orejas, cuatro rabos y tres patas. Y algo más importante: dejar en quienes lo vieron, ya fueran público, aficionados o profesionales, el convencimiento de estar ante la germinación de un torero de época. Un torero que, a través de Camará, impuso en los despachos su condición de máxima figura, con unas exigencias contractuales sólo comparables a las de Belmonte en su reaparición del brazo de Pagés.

En 1949, sería Litri quien prendería fuego a la pólvora de la temporada. Llegó como un desconocido y tras torear cinco novilladas que le supusieron cinco salidas a hombros, tras cortar once orejas, cuatro rabos y dos patas, se erigió en el líder máximo del escalafón batiendo todos los records de novilladas toreadas en un año –115–, marca que todavía permanece imbatida.

Ahora estamos en la Valencia de 2016, después de acabada una feria donde han ocurrido cosas muy estimables y en la que toreros nuevos, como José Garrido y Román, han hecho valer sus ganas de ser y la justicia de un mejor trato en las contrataciones. Pero como algo extraordinario, muy por encima de todo –acontecimiento con halo de asombro y maravilla–, hemos de consignar el debut como matador de alternativa de Andrés Roca Rey. Rindió a su arte tres manifestaciones distintas de la mansedumbre: la del bronco que quería encontrar un agujero para meterse en él, la del rajado con casta y la del abanto que tenía miedo hasta de embestir. Con los tres dio un recital de poderío, inteligencia, variedad, improvisación, valor del puro y clase. En los tres, llevó a la práctica aquella máxima belmontina de que “cuando el torero está bien, todo el terreno es del torero”. Por eso encontró toro en todos los tercios, en toda circunstancia, en cualquier situación. Cimentado en su valor sin fisuras, sereno y consciente, puso en práctica su concepto templario del toreo emocionante que atesora. Porque la emoción volvió con él a inundar el coso valenciano. En ella envolvió a la gente para asombrarla, cautivarla, conquistarla. Y el toreo reconoció en él ese nuevo soplo vital tan necesario para sacudirse de encima buena parte del mal que hoy lo atormenta y nutrir de expectación la temporada.

Lo más importante del caso es que “lo” de Valencia no es casualidad. Triunfó en su alternativa por septiembre, se llevó de Logroño todos los premios, voló a América para conseguir en cinco países –Perú, México, Colombia, Ecuador y Venezuela– un palmarés impresionante, como muestran las cifras: 24 corridas, 22 salidas a hombros, 53 orejas cortadas, 2 rabos y un indulto, y sólo una única tarde lo vio irse de vacío de la plaza. Vuelto a España, impactó en Castellón, se declaró “Rey del pase natural” en Olivenza, cortando dos orejas y rabo, a las que hay que sumar las tres orejas y la petición de rabo de Valencia.

Indudablemente, no es casualidad. Es más –y lo digo ahora cuando todo tiene aroma de futuro–, si los toros lo respetan y no se tuerce del camino que lleva, Roca Rey está llamado a ponerle su nombre a esta época. Ni más ni menos.

Y el domingo que viene, mano a mano en Arles con El Juli.

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