EL TORO EN EL CORAZÓN

No era buena la hora. Pero era la que marcaban las agujas de la organización. Era el momento justo de restañar heridas y echar al viento la voz de la justicia. Esa que se nos lleva negando tanto tiempo, tal vez por culpa nuestra, quizá por no haber emprendido el fuego solar de los caminos, cargados de razones y de legalidad.

Eran las tres en punto en todos los relojes. Era Valencia. Era el rojo domingo de los calendarios, alzado en reivindicaciones que buscaban poner sonido y grito a tanto sentimiento encarcelado por el silencio que nos tapia el ser y la palabra en los medios de comunicación: ese aparato de adoctrinamiento que sólo entiende de una realidad manca, coja y siempre mutilada en aquellos aspectos que el Gran Hermano de todos los mercados proscribe de la vida con su inmisericordia.

Allí estaban todos, manifestándose, marcando el paso en pos de la victoria. Toreros, ganaderos, empresarios, aficionados, todos vestidos con la ropa del pueblo, mezclados como piezas de un sólido engranaje que –¡por fin!– se ponía en marcha por primera vez. Todos con la boca llena de libertad. Todos con el toro de lidia encampanado en sus corazones. Todos con la emoción asomada a los ojos. Todos con el orgullo ceñido a los andares. Todos dejando huella por las calles de la Tauromaquia, marcando ese camino que hemos de recorrer una y mil veces hasta lograr que nos dejen tranquilos y podamos respirar a pulmón pleno los aires limpios de nuestra fiesta brava. Sin molestias ni insultos. Sin impertinencias de ignorantes. En paz con nuestros sueños e ilusiones. En paz, dándole vida al toro y al toreo.

En el aire brillante de esa Valencia luminosa y taurina, ondeaban altivas las banderas del toro. El corazón del pueblo las habitaba todas, como un collar de manos enlazadas, aunque no se hubiesen estrechado nunca. Todos eran conscientes de su momento histórico, de la senda que estaban comenzando y del largo camino que habrá que recorrer continuando la lucha en todos los rincones, en todos los momentos, en todos los ambientes. Nada hemos de esconder ni hay nada de lo que debamos tener que avergonzarnos. Al contrario, saquemos la dignidad de nuestro almario y derrotemos con su fuego la oscuridad que quiere eliminarnos del mundo y de la historia. No sólo nos asiste la razón, sino que la legalidad está de nuestro lado. Da igual que vengan los verdugos, los censores, los que se creen dueños de la vida y hacienda de la gente simplemente por haber alcanzado una alcaldía, un puesto en el Congreso o la presidencia de una Comunidad Autónoma.

No quieren enterarse, pero van a enterarse. Para ello hay que hacer bulto, masa, muchedumbre, multiplicar por cien lo de Valencia, tirar la comodidad al cajón de los trastos inútiles y salir alma al frente a combatir por aquello que es nuestro. Valencia, el pasado domingo, ha sido ejemplo de ello. Hay que continuar para que el grito de “¡Libertad!” no se quede sin eco, para que las palabras de Ponce leyendo el manifiesto no habiten el olvido.

En Valencia, logramos la victoria; pero la guerra aún no la hemos ganado. Hemos de proseguir.

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