GINES MARIN, UN TORERO PRODIGIOSO

Valencia, 14 de marzo. Ginés Marín, el novillero de Badajoz, es un torero prodigioso. Prefiero no hablar de su valor, deslumbrante, ni de su técnica, portentosa. Quiero hablar de su arte, del trazo de sus verónicas pellizcadas en el centro de la suerte; de su temple con la muleta, acompasado desde el inicio, despacioso cuando se ha hecho con la embestida. Además, sus faenas son un relato: tienen planteamiento, nudo y desenlace. Y cuando ya el enigma se ha resuelto, las celebra con una sobredósis de ojedismo, de toreo natural y cambiado, que enloquece a los tendidos.

Pero lo que más me entusiasmó de su toreo fue un quite, citando con el capote por la espalda y liado por delante de su cuerpo. Entonces, cuando el toro embestía desojaba la capa, como si fuera el muletero pase del libro, y la suerte se resolvía en un templadísima y embriagada verónica. Así ligó cinco con una limpieza que parecía irreal. Y de la misma guisa, la media que remató fue una belleza de emoción y hondura. Pudo cortar cuatro orejas y hasta un rabo, pero Marín es un mal matador.

Mata a lo bruto, al puñetazo, sin torear, contradiciendo su excelsa calidad como capotero y muletero. Pero creo en él, si los toros lo respetan será una gran figura.

Vivimos un año de muy buenos novilleros. Álvaro Lorenzo es uno de los mejores. Tiene un temple sereno, elegante y torea a la verónica como los grandes. Con la muleta raya a la misma altura. Es la quintaesencia del toreo castellano y tiene fondo. Llegará muy lejos cuando sea consciente de la torería que atesora y sepa matar con la misma autoridad que maneja los engaños. Debería haber desorejado a su segundo novillo. Sólo cortó una por lo defectuosa que fue su estocada. Otro portento.

Cerraba el cartel el valenciano Cristian Climent, un novillero con menos experiencia pero que no desmereció. Torea bien a la verónica, pone banderillas con entusiasmo y muletea con la mano muy baja y muy despacio. Pero como está verde obligó muchos a sus novillos, que faltos de raza y vigor se ahogaron pronto. Debe rodarse antes de ir a las grandes plazas.

La novillada de El Parralejo, cómoda de pitones, se dividió en dos, tres primeros novillos justos de trapío y fuerza y tres más hechos. Todos tuvieron clase, baja casta y la fuerza justa. Lució más el lote de Marín, con dos picadores extraordinarios, el padre del torero y Agustín Navarro, que dejaron los novillos a punto de caramelo. Tres buenos banderilleros completaban la cuadrilla y entre ellos destacó Javier Ambel, bien con los palos y superior con la capa.

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