GRANDES FAENAS DE RAFAELILLO Y PACO UREÑA

Torear es provocar el chispazo del arte en cada embestida del toro. No hacen falta muchos pases, basta con que los demandados por el toro, o los que se le arranquen, tengan sentido e iluminen cada embestida. Brota entonces la luz de la inteligencia, o de la cadencia, o del buen trazo que nace del temple. ¿Faenas largas? No, faenas intensas. Así fue la faena de Rafaelillo a su segundo toro, un animal que tuvo una sola embestida y buscaba las zapatillas del torero apenas había tomado la muleta. Pero éste era tan inteligente y tan valiente que en la corta distancia y con el engaño lógicamente semirretrasado conseguía que el toro, sin que lo quisiera, alargara su viaje y lo vaciara con un caro perfume torero. Lo grande de Rafaelillo en esta insólita faena no fue su poderío, ni su listeza, sino el arte. La oreja me supo a poco. Y al público también, porque pidió la segunda.

Lo de Ureña es otra tauromaquia. Consiste en ponerse en el sitio donde los toros cogen, citando a los avisados como si fueran nobles, esperándolos mucho con enorme valor, para después torearlos con hondura, como si fueran bravos. Es mágico, parece un sinsentido, pero los toros obedecen. El toreo recobra entonces su aura de milagro. Y la gente se mete dentro, dentro del torero y del toro. Me encantó en el toreo de Ureña que la colocación sustituyera al toque, que su verdad en el cite -medio pecho por delante- se trocara en hondura, que a partir del embroque su cintura se quebrara al compás de la embestida, que sus muñecas resolvieran con gracilidad el remate a un toreo muy hondo. Me entusiasmó este joven espada en la última Feria de Otoño, en Madrid. Ahora lo he disfrutado en Valencia.

Ambos, Rafaelillo y Ureña, torearon muy bien de capa. El primero con emocionantes lances genuflexos, el segundo de pie, con mucho sabor. Los acompañó Manuel Escribano, valiente y voluntarioso frente al peor lote de una corrida deslucida. Deslucida en unas ocasiones por falta de fuerza y en otras por falta de casta. Salvo el cuarto, manso con genio, y el sexto, malencarado por fuera y bronco por dentro, los cuatro restantes fueron nobles… a pesar de todo.

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