JULI, EL MAESTRO

Valencia, 17 marzo. ¿Quién es un maestro del toreo? El espada que ve al toro cuando nadie ni siquiera lo intuye, el que sabe adivinar su comportamiento, el que sin dudarlo le pisa el sitio con valor, le presenta los engaños con exactitud milimétrica, el que embarca sus embestidas y las obliga a ser completas, el que prende la llama en los tendidos, el que hace el toreo grande a todo tipo de toros. Pues bien, así se manifestó El Juli en los tres difíciles toros que sorteó en su mano a mano con López Simón. Su último enemigo, un mansurrón encastado, tenía sin embargo una bravura escondida que el maestro supo sacarle a la luz. Fue la suya la mejor faena de la tarde. Le concedieron una oreja, pero mereció las dos, así como la de su primero, solicitadísima, que el presidente no concedió nadie sabe por qué. Pero como había cortado otra a su segundo toro, salió a hombros con su oponente, López-Simón.

A éste se le vio bien, templado y emotivo cuando sus toros le permitieron perder un solo paso entre pase y pase. Entonces, su toreo natural, ya con la izquierda o con la derecha, es de muchos kilates. Supo el de Barajas calentar los tendidos con arrojo y una desmedida entrega, pero sus faenas o la lidia completa de sus toros presentaron altibajos debido a una maestría todavía incompleta. No obstante, mereció los trofeos conquistados.

La corrida de Garcigrande fue más correosa de lo normal: la falta de fuerza hizo que los toros se defendieran más de lo que su bravura parecía en principio ofrecer. Su casta, a veces defensiva -genio-, sumada a extremada entrega de los toreros, dio emoción a la tarde. Una tarde que, como la precedente, hizo Fiesta.

La plaza presentó una gran entrada.

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