MORANTE, GENIAL.TALAVANTE, SOBERBIO.

Sevilla, 27 de marzo. El domingo de Resurrección se vivió una gran tarde de toros en Sevilla, aunque las estadísticas sólo reflejen una oreja. Debería ser un buen dato, pero ahora que las orejas se contabilizan como goles un único trofeo no expresa lo que pasó en el ruedo. Y pasaron muchas cosas.

Por ejemplo, Morante toreó muy bien de capa en el recibo a su primero, un toro correoso y dificultoso con el que le faltó algo de entrega en su faena de muleta. Pero nos compensó con su segundo, otro toro con mucho que torear. Y en esta ocasión lo brindó al público y se la jugó en un trasteo que impuso el acople, poco a poco, a un toro que no lo quería, y le arrancó naturales y derechazos profundos, desgarrados y animados por el duende. Lamentablemente, alargó la faena contradiciendo su concepto del toreo, y tras un pinchazo de mérito y una estacada desigual y habilidosa, se lió a descabellar. No tardó mucho el toro en morir, pero la faena había sido larga y sonaron los tres avisos. Se desvaneció el triunfo, pero había triunfado el toreo.

Alejandro Talavante dió una gran tarde. Su faena al tercero de lidia, bien construida pero con la dificultad añadida de un toro poco picado, tuvo momentos excelsos y pases fundamentales de una gran clase. Además, la ensambló con intensidad y torería. De haber contado con una animal más vigoroso y, por tanto, mejor picado, el temple hubiera resplandecido con mayor cadencia y la faena hubiera merecido no una, sino dos orejas. Frente al toro que cerró plaza, sin fijeza en los cites y embistiendo por dentro en el embarque, tuvo el mérito y el valor de tapar el peligro en la larga faena que le impuso. Si llega a acertar con la espada hubiera cortado otra oreja.

José María Manzanares se encontró con un lote deslucido, pero tampoco él lució mucho cuando los toros le metieron la cara.

La corrida de Garcigrande -o de Domingo Hernández, tanto da- estuvo sobrada de peso, fue algo basta de hechuras -rasgo común de esta ganadería- y hubiera dado más juego con toros más vigoroso y, por tanto, más picados.

Uno de los grandes momentos de la tarde lo protagonizó el picador José Antonio Barroso. Dos varas perfectas, el medio pecho del caballo en el cite, la vara lanzada con torería, el puyazo arriba, delantero, justo, la mano izquierda salvando al caballo del derribo. Así, en sus dos puyazos. Cumbre.

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