SIN FUERZA Y SIN RAZA NO HAY TOREO

Valencia, 19 de marzo. La corrida de Núñez del Cuvillo no tuvo fuerza, era inválida; no tuvo raza, se paraban con un picotazo; y manifestó una nobleza más cercana a la mansedumbre que a la nobleza. Extraño, porque los toros tenían estampa de bravos.

Con semejante materia prima asombró que Enrique Ponce pudiera encandilar al graderío. Pero es que sus lances tenían empaque, y su toreo de pulso y temple -de enfermero, se decía antes- daba ritmo a unas embestidas que no lo tenían. Su actuación fue magistral, casi suficiente, aunque sus dos lidias y su toreo, exactamente los que pedían sus toros, no terminaron de compensar: si al toreo la falta la emoción del peligro lo demerita todo, hasta una maestría como la suya.

Ante el muro de la invalidez y la falta de raza también se enfrentaron sus compañeros de cartel, Sebastián Castella y David Mora, que sólo pudieron exhibir su voluntad.

La fuerza del toro corrige muchas cosas, principalmente la falta de raza; y extrema la bravura. Puede ser que la fuerza tenga un origen genético, pero yo nunca lo he creído así. Pienso que la fuerza no siempre es intrínseca al toro, sino que depende del manejo y la nutrición. El mejor atleta no es nada cuando su vida no es la de un atleta. La debilidad es, por tanto, más achacable al ganadero que otros defectos de sus toros.

La falta de fuerza ha sido el común denominador de esta feria plena de toros nobles y no pocos bravos. Ojalá mañana los de Juan Pedro Domecq corrijan tan peligrosa deriva.

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