BUSCANDO EL EQUILIBRIO

A la Justicia se le ha representado siempre con los ojos vendados, una balanza en una mano y una espada en la otra. Además de la venda que garantiza la imparcialidad y la espada para defenderla, la balanza alude al equilibrio que debe presidir todo aquello que es justo. Es necesario, pues, para obrar o proceder de modo justo que ese equilibrio no se rompa, y en caso de que esto último se produzca, tratar de restaurarlo cuanto antes.

Tanta tinta y tanto espacio se ha llevado la magistral e inspiradísima faena de Morante al toro “Dudosito”, de Núñez del Cuvillo, el viernes pasado en Sevilla, que la balanza de la Justicia ha sufrido un desequilibrio que es preciso corregir. Ojo, no lo digo porque la bellísima obra del orfebre de la Puebla no mereciera todo lo que se le ha cantado y más, sino porque, en estos tiempos de escasez para el toreo en los medios de comunicación, lo que a éste se ha dedicado con largueza ha ido en detrimento de otros acontecimientos igualmente extraordinarios que no han recibido el eco mediático que su enjundia merecía; por ejemplo: la actuación de Andrés Roca Rey en la misma corrida. Es por eso que, en este texto, me olvide de Morante y de la vergüenza torera de El Juli y me dedique a tratar de buscar el equilibrio perdido poniendo a Roca Rey en su sitio.

Empecemos alto y claro. A mi juicio –y cuando escribo esto faltan aún dos corridas por lidiar– los dos toreros que, de no ser por el uso deficiente de la espada, habrían logrado abrir la Puerta del Príncipe en esta Feria han sido: El Juli con la corrida de Victoriano del Río y Roca Rey con la de Cuvillo. Tanto uno como otro, se van de la feria con tan sólo una oreja cortada; pero dejando una dimensión y un ambiente que sobrepujan con creces a los del resto de matadores; mas, como la semana pasada ya hablé de El Juli, me centraré exclusivamente en el torero limeño.

Veamos primero de quién hablamos. Andrés Roca Rey es un muchacho de 19 años, que no lleva ni siete meses de matador de toros y que hace dos temporadas aún toreaba sin caballos. Pues bien, en tan exiguo lapso de tiempo ha conseguido concitar en torno a su figura el  runrún de lo singular, de lo notable, de lo excepcional y, tras su paso por Olivenza, Valencia y Sevilla, ya comienza a desatar pasiones y expectación entre los públicos, que no paran de cantar, elogiar y enaltecer las tremendas cualidades que dicho torero ha venido exhibiendo en sus actuaciones.

En Sevilla le tocó un toro bueno, escaso de fuerzas, pese a dejarlo literalmente crudo en el caballo, al que el viento puso la dificultad que no tenía, y otro complicado por brusco y manso, que acabó rajado y refugiado en tablas. Cimentado su toreo en un valor auténtico, de zapatillas quietas y una serenidad imperturbable en cualquier situación por comprometida que sea, con una inteligencia y una capacidad que le hace encontrar toro en cualquier terreno y una variedad de repertorio tan exuberante como la flora de su tierra peruana, demostró en el bueno de su lote una magnífica y templaria concepción de un toreo ligado que gusta de bajarles mucho la mano a los toros, llevarlos cosidos a la panza del engaño y tirar de ellos con la máxima despaciosidad, tersura y limpieza. Fue una faena de altos vuelos, impuesta al toro y al viento, que le hubiera valido las dos orejas si el acero no llega a caer tan bajo.

 Y llegó el otro, el de las probaturas y dificultades, el de los amagos y los avisos, y ya sólo con el escalofriante comienzo de faena en los medios, donde aguantó de todo sin mover un músculo, se metió al público maestrante en el bolsillo. Es impresionante ver a este chaval, que no perdona un quite a desprecio de la condición del toro, que no sufre (en apariencia) ni suda delante de las astas, que convierte la suerte de varas en simulacro porque toda la fuerza del toro le parece poca para utilizarla luego en beneficio de su arte, ponerse en el sitio que se pone, torear con la clase que torea, captar con la lucidez que lo hace las teclas a tocar de la res que tiene delante y la facilidad y seguridad con que resuelve –y con buena estética– cualquier problema. Sólo no entendí por qué a un toro tan aquerenciado en tablas y tan remiso a embestir, quiso matarlo en la suerte natural y un poquito al encuentro. Ahí perdió las orejas; porque si le zumba un estoconazo de los que tiran sin puntilla, no me cabe duda de que las dos hubieran sido demandadas.

Tuvo la Puerta del Príncipe en la punta del estoque. No pudo ser, pero ahora le espera San Isidro, a la que va tres tardes nada menos. Ahí será, aunque lo innegable es que sale de Sevilla catapultado como algo muchísimo más sólido y firme que una promesa.

Dicho esto, creo que la balanza de la Justicia recupera algo de su equilibrio.

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