DE CORTO A HOMBROS, HACE 30 AÑOS

El pasado martes, 5 de abril, se cumplieron treinta años de aquel magno festival celebrado en la plaza de Las Ventas a beneficio de los damnificados de la tragedia de Armero, ocasionada por la erupción del volcán Nevado del Ruíz. Al conjuro de Manuel Benítez, El Cordobés, figura estelar de un elenco formado por Antoñete, Andrés Hernando, Palomo Linares, entre otros, se colgó el cartelito de “No hay billetes”, pese a que el cielo se había vestido de lluvia, para satisfacción de la hermana Colombia y de esa Escuela de Tauromaquia de Madrid –destinataria del 1% de los beneficios– que hoy quieren hacer desaparecer los nuevos “iluminados” de la política.

Además de los nombres rutilantes de las figuras, el cartel anunciaba a dos novilleros; uno –Macareno de Colombia–, como representante del país castigado por la catástrofe, y otro, madrileño de cuna, que empezaba ese día a codearse con los matadores de toros antes de empezar a alternar con ellos vestido de luces, pues, a pesar de sus 16 añitos, tenía anunciada su alternativa en Málaga a quince días vista. Ese adolescente se llamaba –y se llama– José Miguel Arroyo Delgado y se anunciaba en los carteles nada más y nada menos que Joselito.

A pesar del desamparo y los nervios que le producían hallarse en el adusto túnel de cuadrillas de Las Ventas, con sus ladrillos erosionados por la contaminación de tantos miedos acumulados; pese a sentirse insignificante al lado de aquellas grandes figuras del toreo, que lo miraban como un intruso, el novillo de Carlos Núñez que le dejaron salió bueno y, sintiéndose libre para poder expresar su toreo, cuajó una estimable faena –a destacar su labor con la zurda– que, tras certera estocada, le llevó a pasear las dos orejas de su enemigo y salir a hombros por vez primera bajo el mítico dintel de la Puerta de Madrid.

Aquello resultó un espaldarazo para sus ilusiones. En la plaza, se habían dado cita la flor y nata de la sociedad madrileña y del mundo del arte, los nombres más insignes del planeta taurino y la afición en pleno, y todos salieron haciéndose lenguas de su afición desmedida y su forma de tener el toreo metido en la cabeza. También le sirvió a él personalmente –carácter forjado entre la dureza del esfuerzo y la inseguridad del desvalido– para convencerse de que podía ser alguien en el toreo. Y vaya si lo fue, porque aquel chaval que tuvo que doctorarse quince días después sin poderse poner el traje blanco y oro que había encargado para la ceremonia por no disponer del dinero que le exigía el sastre, habiendo de conformarse con otro grana y oro que ya había usado como novillero, no sólo conseguiría alzarse a lo más alto del toreo de su época, sino que se erigiría en referente del respeto al rito y la liturgia de la tauromaquia en unos años en que la chabacanería y la aritmética de la desmesura se habían adueñado de la Fiesta prostituyendo todos sus valores.

Hasta llegar ahí, toda una historia de lucha, dolor, grandeza y sacrificio; la historia de una figura del toreo que ponía su primera piedra aquél lluvioso sábado, 5 de abril de 1986, cuando el toreo volvió, una vez más, a tender su generoso capote solidario en pro de las víctimas de una tragedia.

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