EL GRITO DEL ALMA

Hay imágenes que marcan, que llaman la atención de por sí solas, quedan en la retina y llaman a lo más profundo de uno mismo.Una mirada, dicen, es el espejo del alma. El espejo de nuestra vida. Una mirada sonriente refleja nuestra felicidad, aunque sea en un momento efímero. Una mirada triste, habla del dolor, de una tristeza interior – en algunos, imborrable, testimonio de las dificultades que uno va atravesando.
En este final de Feria de Abril de Sevilla, una imagen me persigue. Un torero hacia su primer paseíllo del año, su primer paseíllo hacia la vida. Javier Castaño volvía a los ruedos tras una de esas grandes cornadas que da la vida. De esas cornadas graves que marcan el cuerpo, que te quitan el aliento, que te quitan fuerzas, que te pueden quitar la vida. Pero de esas cornadas que una vez superado el percance, no dejan huella aparente. No de esas huellas que se ven nada más mirarte.
Esa cicatriz queda más adentro. La cicatriz de las batallas llevadas día tras día, luchando por vivir. Esa cicatriz del que lucha contra un enemigo invisible, interior, del que únicamente vemos como se apropia nuestro cuerpo, destrozándolo por dentro.
Este 17 de abril era el símbolo de una guerra ganada, después de tantas batallas. La imagen misma de una superación.
De esos primeros momentos, se podría pensar que lo más impactante seria ese cráneo calvo, testimonio de este pasado aun tan reciente. Se podría pensar en la imagen de una plaza en pie rindiendo homenaje con una ovación a quien vuelve a la vida, como un “Bienvenido”. O simplemente el hecho de volver a los ruedos con una corrida de Miura, ganadería que le devolvió a la vida como torero, y que le devolvía ahora a la vida como hombre.
Pero no es eso.
Guardo en mente la imagen de una cara ensangrentada, una foto en blanco y negro. Ese instante después de matar a un toro. Ese cuerpo crispado, lleno de energía.Esa mirada que grita y acompaña ese rugido que sale del alma. La mirada de Javier, que en la última temporada a veces parecía perdida, esta tarde del 17 de abril, transmitía fuerza, rabia, amargura…
Este grito a la vida, era como una manera de decir “Aquí estoy yo”, para un torero al que le toca siempre luchar para cumplir su sueño, el de torear.
Esta tarde de abril, era el del resurgir de un torero, el aliento de una nueva vida, el grito del alma.

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