EL MAGISTERIO DE UN TORERO DE CASTA

Venía a por la del Príncipe. Desplegando, además, toda su artillería. No nos cupo ni un atisbo de duda, cuando, pintados en nuestros rostros el asombro, lo vimos avanzar cruzando el ruedo con gesto decidido hacia la boca del portón de chiqueros.

Ya había cortado una meritoria oreja en su primero y ahora su gesto manifestaba su voluntad de sumar las dos que le faltaban para que el cerrojo de la mítica puerta cediera ante su obra. Apostaba por ello desde el primer instante, yéndose a bocajarro, hincado de rodillas, a recibir la mole de 591 kg. de “Impuesto”, el toro de Victoriano del Río que hacía quinto.

Lo del asombro debe entenderse por lo insólito de ver a una figura del toreo consagrada y tan veterana como es El Juli –nada menos que ésta es su décimo octava temporada de matador de toros– irse a portagayola como un neófito ansioso de triunfos. Claro que Julián es un hombre de tan sólo 33 años que aporta su ímpetu y juventud a su precoz carrera para hacer valer su casta de figura.

Cierto que era su reencuentro con Sevilla después de dos años de negativa a pisar su plaza. Cierto que, desde algunos foros de opinión, se nos ha querido vender el discurso, más o menos interesado, de que el contencioso de los toreros que declinaron anunciarse en La Maestranza los dos años anteriores era con Sevilla y su afición, cuando la verdad pura y dura es que el veto de los toreros recaía exclusivamente sobre la empresa Pagés y, fundamentalmente, sobre lo que estimaban maltrato por parte de Eduardo Canorea.

No dudo que estas circunstancias pudieron influir acrecentando la motivación de un torero racial como es Julián, sobre todo por aquello de tapar las lenguas viperinas; pero más me inclino a pensar que es la llegada de esos toreros emergentes que irrumpen dispuestos a remover los estratos del escalafón, la que previene a El Juli de tener que defender a capa y espada –y a muleta también– el puesto de privilegio que ha conseguido conquistar con tanto esfuerzo y tantas cualidades. Pasó en Valencia, pasó en Arles, en sendos mano a mano que lo llevaron a enfrentarse a López Simón y a Roca Rey, respectivamente, y ahora ha pasado en Sevilla donde El Juli, de momento, ha puesto su nombre a la feria.

No consiguió su empeño de abrir la puerta soñada, porque, a pesar de haberlo puesto todo de su parte en lo que considero la faena más magistral que se ha realizado en las seis corridas de a pie celebradas cuando escribo estas líneas, la suerte le fue esquiva –esos siete minutos que el toro estuvo encelado en el caballo le mermaron bastante su pujanza–, la espada no viajó certera y se le atragantó el verduguillo. No obstante, le dimensión dejada por El Juli en este astado le reconoce una plenitud de total magisterio.

Dicen con razón que una cosa es torear y otra pegar pases. Y en este toro, El Juli toreó desplegando todo un tratado de conocimientos –esa paradita entre pase y pase para que el toro, paradójicamente, no se parara y la serie fluyera ligada–, tirando del burel para hacerle ir hasta donde no quería, pisándole el terreno adecuado y llevando el argumento de su obra hasta el desenlace de un apabullante dominio trufado con el alarde de la valentía, embistiendo él como un novillero sediento de gloria, fue todo un manjar, un deleite, para los aficionados. Y un aviso para navegantes: el que quiera el cetro va a tener que pelearlo duro, muy duro. Eso rubricó El Juli sobresaliendo en una tarde completísima en la que sus compañeros de terna –Morante y Perera– rayaron también a grandísima altura.

Con lo dicho, a nadie extrañará que esté deseando la llegada del próximo viernes para ver, con los toros de Cuvillo, a Morante, El Juli y Roca Rey… ¡¡Cartelazo!!

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