DESDE LA TIERRA DE LA MANZANILLA

La torera placita de El Pino, perfumada siempre de Coto y de salitre, abrió sus puertas el pasado domingo para celebrar la corrida de la Feria de la Manzanilla, que es ese vinillo ambarino capaz de hacer brotar los cantes en la garganta de las gentes de esta tierra y reliarse alegre el inclemente toro de la vida con el revuelo de volantes chicuelineros de un baile por sevillanas. Este año, su empresario, Carmelo García, había acertado plenamente ofreciendo uno de los carteles más atractivos que pueden confeccionarse en la actualidad en cualquier plaza de tronío.

Cartel interesantísimo, no sólo por los nombres de los protagonistas –El Juli, Talavante y Roca Rey–, sino por llegar éstos en un momento dulce de sus respectivas carreras. Y para completar el cuadro, una bonita y encastada corrida de Torrealta, que arrojó en la báscula un promedio de 507 kilos.

Que el cartel cayó muy bien en la afición sanluqueña viene avalado por la gran entrada que registró el coso –faltaron escasas localidades por ocupar para registrar un lleno total–, siendo proverbial la dificultad que encierra esta plaza para lograr un afluencia de público semejante. Así quedó demostrado que, cuando las cosas se hacen bien, la gente responde.

No se cumplió esta vez el dicho de “corrida de expectación, corrida de decepción”, pues al éxito económico hemos de unir el artístico de una tarde en la que los toreros, después de atravesar el inhóspito, duro, antipático y desagradable puerto de montaña de San Isidro, con su toraco desproporcionado y su Santo Oficio de iluminados intransigentes, gozaron del ambiente de un público amable y un toro cortejano, bien hecho, agradable de cara, que, sin embargo, añadió esta vez el incómodo picante de la casta.

Los tres diestros triunfaron y salieron a hombros; aunque para ello El Juli –aprovechando la omisión reglamentaria– tuviera que pedir el sobrero, pues en el cómputo de su lote sólo había logrado cortar una oreja. Dos obtuvo Talavante del quinto; pero el que dinamitó la tarde fue Roca Rey, que se llevó las orejas y el rabo de sus dos enemigos.

Sin entrar en detalles de la corrida, me parece oportuno hacer notar  el contraste entre dos toreros consagrados y veteranos, como son El Juli –18 años de alternativa– y Talavante –10 años de doctorado–, y el ímpetu, la juventud arrolladora, la frescura y la ambición, de un Roca Rey que, con tan sólo ocho meses de alternativa, amenaza con poner boca abajo el cotarro taurino con su claridad de ideas, su valor asombroso y su enorme afición y sentido de la responsabilidad. Busca el triunfo hasta debajo de las piedras, rezuma ilusión en cada suerte que ejecuta, sigue sin perdonar un quite y acomete las faenas con la fe del que viene predestinado a la gloria. Todo eso, claro está, ventila el alma de los aficionados con un aire fresco, limpio y puro que alegra las pajarillas hasta de los cenizos.

Después de torear la víspera en Granada, donde se ganó la sustitución de Morante, cortando tres orejas el día anterior en el mismo ruedo, Roca Rey ha pasado por Sanlúcar como un ciclón. ¿Será éste el torero que estábamos esperando?… Yo apuesto a que sí. Y después de verlo cuajar el domingo a su segundo toro, aún me reafirmo más en lo dicho. Éste trae la escoba y viene pidiendo cimas.

Dentro de tres semanas, en Alicante lo veré de nuevo. Yo ya estoy impaciente.

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