EL PESO DE LAS VENTAS

Las Ventas, una de las plazas más grandes del mundo. Sobre todo, la plaza con más peso. Por ello, los toreros la respetan, la sueñan, la pueden incluso llegar a temer. Siempre se ha dicho que Madrid o te da o te lo quita todo. También es verdad que ya no da tanto tampoco. En todo caso, el ver su nombre anunciado en la temporada Isidril es ya símbolo de meses de preparación. Preparación física, con entrenamiento a diario, tentaderos. Pero también preparación mental, para que el día de paseíllo todo esté presente, que no te pueda la mente.

José Manuel Más forma parte de esos matadores que soñaba con una tarde en Madrid. Ya no sólo por ser madrileño. Ya no sólo por ser la plaza en la que salió por la Puerta Grande durante su carrera novilleril, en el 2006. Ya no sólo por ser la plaza de su alternativa, donde Diego Urdiales le consagró como matador de toros en el año 2010 con el toro “Enjarado” de la ganadería de Parladé.

Soñaba con Madrid como muchos matadores que ven en el coso de la calle de Alcalá la oportunidad. La posibilidad de demostrar que están ahí, que también forman parte del escalafón, aunque olvidados por la gran mayoría de las empresas. Porque José Manuel Más fue de esos novilleros que hacían hablar de ellos, hacían su temporada novilleril con sus contratos, y que tras empujar la puerta del escalafón superior, se encontraban frente a un muro. Como él, toda una generación sacrificada. Son muchos en este caso, destinados a luchar día tras día por una oportunidad, por seguir soñando con un futuro mejor. Y muchos acaban sobreviviendo en esas corridas tan conocidas del Valle del Terror.

Esta mañana seguramente se levantó con las ganas de comerse el mundo, con las ganas de darle unas buenas tandas a un toro en Las Ventas y decir: “Aquí estoy”.

Pero el día amanecía con lluvia, esas lágrimas que caen de cielo. Llegó la tarde, y tras treinta minutos de retraso, volvía a oír los clarines del coso madrileño, volvía a pisar su albero después de cinco largos años de espera. Y llegó a hora de la verdad. La del cara a cara con el toro.

¿Qué decir de su actuación? ¿Que estuvo mal? No. Dejó huella de buen concepto de toreo, de muletazos de trazo largo, de un toreo clásico, puro. Hubo buenos momentos. ¿Que tuvo malos toros? Tampoco. Toros nobles pero con poco fondo al llegar al tercer tercio. Exigentes, pero sin transmisión, sin chispa. Toros que piden oficio para poder sacarles lo que llevan dentro. Al primer oponente lo mató de buena estocada, pero en el segundo se torcieron las cosas.

Y al ver el fallo con la espada, seguramente se sumó la presión de Las Ventas, ese peso particular de esta plaza. El pensar: “No aquí, no ahora”.

José Manuel Más pagó en ese momento la falta de contratos, indispensable para adquirir oficio. Porque horas de carretón – aunque necesarias- no sustituyen el día a día frente al oponente, el día a día frente al toro y con el juicio del público presente.

Las lágrimas que se derramaban por su rostro después del tercer aviso hablaban de por sí. En ese momento, veía como se le venía todo cuesta arriba, y el ánimo por los suelos. No hacían falta ni pitos, ni bronca. Su mirada hablaba por él. Sobraban las palabras.

Pero no ha de olvidar que no es ni el primero, ni el último a quién le ocurre. Hay días en que se tuercen las cosas, no por ello resume un torero. Espero que su reciente apoderado, Javier Chopera, sepa apoyarle y mostrarle su confianza en esa guerra de los despachos.

Porque sólo toreando se adquiere el oficio, sólo toreando con regularidad se puede uno medir a sí mismo y saber cuál es su sitio. No con una sola tarde. Esto no es un juego de cara o cruz.

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