ROMANCE DE VALENTÍA

La razón del amor es inasequible a los razonamientos. Vencida, la lógica arría sus banderas ante la fuerza tremenda de los sentimientos. Así ha sido siempre y así seguirá siendo mientras un poema amoroso ate vidas y los besos ardan a fuego lento por las alcobas de la libertad. Las Ventas, como plaza y mujer, a veces se siente enamorada y entrega sus amores a un torero.

Los motivos no importan. Le sale del corazón y punto. Da igual que, a veces, eso le lleve a la incoherencia, como le ha ocurrido en esta feria con Ponce, al que le permite el recurso ventajista de meterse en el cuello de los toros para ligar sin exponer un macho o quedarse a citar fuera de cacho sin que el Santo Oficio de la colocación enarbole sus dogmas inquisitoriales y lo condene al fuego eterno de sus palmas de tango. Será por el tiempo que hace que se conocen.

Otras veces, en cambio, se sitúa en los antípodas del ventajismo y se deja seducir por la pureza, por la sincera entrega de un hombre de alamares que ofrenda su vida sin trampa ni cartón buscando darse por entero a la plena satisfacción de su arte. Este es el caso, ni más ni menos, de Paco Ureña.

Ureña la dejó conmovida, admirada, estremecida y loca, durante la pasada Feria de Otoño, cuando cuajó con “Murciano”, el toro de Adolfo Martín, la que sin duda fue la faena de la temporada. Volvió el pasado día 11, con la corrida de El Torero y cortó una oreja. Fue cogido en Vic-Fezensac seis días antes de su retorno a Madrid: una cornada envainada en el glúteo derecho, de la que no se quiso operar para poder hacer el paseíllo en Las Ventas el pasado domingo. Y ahí, Las Ventas le entregó su amor incondicional desde el primer momento; aunque también es cierto que ver a Ureña dando el pecho a los toros, llevándolos prendidos a la brisa de su sentimiento con una parsimonia hechicera hasta rematarlos, con la mano muy baja, detrás de la esquina cabal de su cadera, es como para enamorar a cualquiera. Además, Ureña, que adorna las facciones de su cara con gestos, luces y sombras evocadoras de una niñez infeliz (aunque no sé qué sería de la suya), nos toca la fibra sensible con su fragilidad. Porque siendo rotundo, atrevido, valiente y seguro lo que hace, todo se desenvuelve en una atmósfera de inestabilidad, de incertidumbre. Su toreo es como una bellísima pieza de fina porcelana, siempre en riesgo de hacerse añicos. Esta vez, con su último enemigo –del que cortaría una oreja de amor más que otra cosa–, le vimos exponer su última lección de perfecta imperfección. Eso lo hace humano, devolviendo a la tierra, al mismo que momentos antes ha sido capaz de hacernos remontar por los espacios pegando cuatro naturales de ensueño con una cadencia, un temple y una limpieza y longitud, que ya no se reproducirán más en la faena.

Esa fragilidad suya, esa perfecta imperfección de su toreo, al hacerlo más humano, lo hace más entrañable. La plaza se entrega a su toreo como una amante, pero también quiere cuidarlo como una madre. Mientras tanto, él prosigue con su romance de valentía dejándose la piel en lo que hace, y su pureza, la que plasma muleta y estoque en mano, ilumina con la claridad de cien soles y marca evidentes diferencias con el “toreo escondido” hoy tan al uso.

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