TRIUNFO SOBRE LA INTRANSIGENCIA

Cuando Las Ventas se pone antipática, difícilmente encontraremos otra plaza más arisca y desagradable. Decir Las Ventas en este caso no es más que una sinécdoque, pues no es toda la plaza la que así se comporta, sino ese sanedrín de “inventores” taurómacos, congregados allá por el tendido 7, tan dados a mostrar su talante de reventadores impidiendo a los diestros desempeñar sin intromisiones su oficio, arte y magisterio.

El lunes, día 9, ya se lo hicieron sufrir a los novilleros, y en la corrida del pasado viernes, también iban camino de hacer fracasar el espectáculo con esa insufrible intransigencia suya que expresa voz en grito su dogma protestante por la colocación, el pico, el minitoro (aunque lo que salga por chiqueros sea grande como un tranvía) y toda la leña que son capaces de echarle al fuego de su intemperancia.
Había estado irreprochablemente bien Roca Rey ante el viento y la sosería del toro de su confirmación. Era una faena de oreja merecida en el mismísimo Madrid siempre que el público hubiese estado a favor de obra, pero los del Santo Oficio venteño enarbolaron los crucifijos de su fanatismo, decididos a enseñarle al neófito lo injusta que puede llegar a ser su “sabiduría”, y fueron volcando a su favor el parecer de la plaza hasta convertir los aplausos iniciales en el silencio de la mayoría secuestrada por los listos de los pitos y gritos.

Después le tocó el turno a Castella, ninguneado por la horda de gritones, y así fueron agriando la tarde para su contento, hasta el punto de que, al arrastrarse el cuarto toro y encauzada la cosa hacia el desastre final, remitieron un tanto sus molestas protestas seguros de que aquello no lo arreglaba nadie.
Y salió el quinto, un armario jabonero de 591 kilos y una agilidad en la cabeza de un peso mosca en los puños, que no dio opción al toreo de capa y llegó a la muleta con áspera violencia. A Talavante, plantarle cara y tragarse el miedo, le costó dos muletas rotas, tres palillos partidos y meter en un puño el corazón de los espectadores. Se jugó la cornada en más de una ocasión, se situó muy por encima de la condición del toro, le pegó pases de mucha exposición y le arreó un estoconazo sin puntilla, que le valieron la justa primera oreja de la tarde. Ahí el espectáculo detuvo su caída.

Quedaba el sexto, el segundo remiendo del conde de Mayalde; un castaño con ojos de loco, ofensivo de pitones, ayuno de fijeza y con el genio metido en el instinto. Y quedaba un torero como la copa de un pino; un chaval de diecinueve años, que se presentaba en Madrid con su voluntad volcada en llegar a ser máxima figura del toreo. Los lances de recibo no pasaron de voluntariosos; pero llegó el quite por gaoneras después de los dos puyazos. El toro, siempre desparramando la vista, se distrajo cambió su trayectoria, sin que Roca Rey enmendara un ápice su posición. Sería un quite de ¡Uy! para poner en la boca de la plaza el metálico gusto de la angustia. En la brega del segundo tercio, no humilló ni una vez el de Mayalde y empezó a meterse por el lado izquierdo. Un hilo de inquietud brillaba en todas las miradas contrastando con la determinación en la de Roca. Estatuarios haciendo honor a su nombre y, de pronto, se pasa al toro por la espalda con la muleta en la zurda. El asombro ruge en los tendidos. Vuelve a intentarlo y casi se lo lleva el toro por delante. Se recompone y lo vacía con uno de pecho. Las palmas echan humo. El signo de la tarde ha cambiado de rumbo.

El toro es mirón, incierto y amaga y prueba la embestida. El torero, más firme que su apellido, ni se inmuta. Le da igual que desparrame la vista mientras se le viene encima. Aguanta como un palo y le toca lo justo para desviarle la cabezada. Dos o tres veces parece cogido cuando se echa la muleta a la zurda. El miedo impacta en los tendidos. Y en una tanda conseguidísima de derechazos, adobada con una arrucina y abrochada con el de pecho, la plaza se pone en pie y se entrega al valiente que está golpeando con fuerza la aldaba del toreo. El triunfo no se le podía ir y no se le fue. Se encunó con la vista fija en el morrillo y enterró el estoque hasta la empuñadura. Soberbio. Le costó al palco sacar los pañuelos; pero el pueblo, el soberano, no estaba para dubitaciones. Al final, DOS OREJAS y salida triunfal por la Puerta Grande. La primera batalla estaba ganada a bayoneta calada.

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